4

El renacimiento del estado nación

CAMBRIDGE – Uno de los mitos fundacionales de nuestra era es que la globalización ha condenado al estado nación a la irrelevancia. La revolución en el transporte y las comunicaciones, oímos decir, ha vaporizado las fronteras y reducido el mundo. Nuevos modos de gobernancia, que van de las redes transnacionales de reguladores y las organizaciones internacionales de la sociedad civil a las instituciones multilaterales, están trascendiendo y suplantando a los legisladores nacionales. Los responsables de las políticas en los diferentes países, se dice, prácticamente no tienen poder frente a los mercados globales.

La crisis financiera global ha sacudido este mito. ¿Quién rescató a los bancos, inyectó la liquidez, se comprometió a un estímulo fiscal y ofreció las redes de seguridad para los desempleados a fin de evitar una creciente catástrofe? ¿Quién está reescribiendo las reglas sobre la supervisión y regulación del mercado financiero para impedir que vuelva a ocurrir lo que pasó? ¿Quién carga con la mayor responsabilidad por todo lo que salió mal? La respuesta es siempre la misma: los gobiernos nacionales. El G-20, el Fondo Monetario Internacional y el Comité de Basilea sobre Supervisión Bancaria en general han sido actores secundarios.

Incluso en Europa, donde las instituciones regionales son comparativamente fuertes, el interés nacional y los responsables de las políticas nacionales, personificados en gran medida por la canciller alemana Angela Merkel, fueron quienes dominaron la implementación de las políticas. Si Merkel hubiera estado menos enamorada de la austeridad para los países de Europa agobiados por la deuda, y si hubiera logrado convencer a su electorado nacional de la necesidad de una estrategia diferente, la crisis de la eurozona se habría desarrollado de una manera totalmente diferente.

Sin embargo, aún si el estado nación sobrevive, su reputación está hecha jirones. El ataque intelectual que sufre cobra dos formas. Primero, existe la crítica por parte de los economistas que ven a los gobiernos como un impedimento para el flujo más libre de bienes, capital y personas en todo el mundo. Si impedimos que los responsables de las políticas en los países individuales intervengan con sus regulaciones y barreras, dicen, los mercados globales se ocuparán de sí mismos, y en el proceso crearán una economía mundial más integrada y eficiente.