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¿Mala conducta de la ciencia?

WOLLERAU, SUIZA – Las noticias cada vez hablan más del fraude científico, del plagio y de los escritores médicos fantasmas, lo que crea la sensación de que la mala conducta se ha convertido en un mal generalizado y omnipresente en la investigación científica. Pero estos informes no son tanto un relato verdadero del deterioro de los valores científicos como un ejemplo de cómo los medios sensacionalistas se abalanzan sobre un tema candente.

Lejos de ser la norma en la investigación científica, el fraude y el engaño son raras excepciones, y por lo general son identificados rápidamente por otros científicos. Y la población parece entenderlo. De hecho, la confianza en la investigación científica no se vio dañada seriamente por los informes de mala conducta. Tampoco estos incidentes ocasionales restringieron el progreso científico, tan valioso para la humanidad.

Sin duda, incluso unos pocos casos de mala conducta científica son demasiados. Uno espera que los científicos sean faros de esperanza en la búsqueda de conocimiento -y lo suficientemente inteligentes como para no intentar engañar y querer salir indemnes-. Existen mecanismos preventivos que responsabilizan a los pocos que se arriesgan. Pero, si bien la comunidad científica -incluidas las instituciones académicas y profesionales, los responsables de las agencias, los gerentes y los editores- suele ser renuente a manejar casos de mala conducta de manera rigurosa, está en juego la reputación de la ciencia en su totalidad, no sólo la de una persona, institución, publicación o entidad científica nacional.

Irónicamente, aquellos a quienes se atrapa suelen echarle la culpa de su mala conducta a la competencia, la presión por publicar y el reconocimiento y los premios -las mismas prácticas e incentivos que la comunidad científica introdujo y fomentó-. De hecho, si bien la amenaza que plantea la mala conducta ha sido exagerada, tenemos que repensar la manera en que llevamos adelante la ciencia -sus valores, virtudes y deficiencias.