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Los distintos rostros de la Primavera Árabe

MADRID - En gran medida, el ataque a las  fuerzas de Muammar Gadafi en Libia por parte de una alianza liderada por Occidente se motiva en principios. Si hubiera dado la espalda a los rebeldes libios, Occidente habría traicionado su identidad misma.

Por supuesto, no se están aplicando los mismos principios para salvar a las masas reprimidas brutalmente en Yemen o los manifestantes chiíes en Bahréin. Es dudoso que se extienda a Arabia Saudita y Siria, y mucho menos a Irán. Tampoco es improbable que una guerra prolongada en Libia acabe por dar justificación a la advertencia de los gobernantes autoritarios de la región de que el despertar árabe no es más que un preludio del caos.

Estas contradicciones internas se ven agravadas por las condiciones locales de cada uno de los estados árabes, así como por las limitaciones estratégicas, todo lo cual define los matices de esta desigual primavera árabe.

La legitimidad de las monarquías hereditarias, principio establecido por Metternich, el arquitecto del orden post-napoleónico, finalmente prevaleció en la Primavera Europea de 1848. Hasta ahora, el mismo principios sigue en vigor en el mundo árabe. Las monarquías -en Marruecos, Arabia Saudita, Jordania y la mayoría de las dinastías del Golfo- todavía parecen más aceptables a ojos de sus súbditos que las autocracias seculares. La vulnerabilidad de los regímenes de Egipto, Túnez, Libia, Siria y Yemen, que se basan en elecciones amañadas y un aparato estatal de represión, refleja su falta de cualquier otra fuente aceptable de legitimidad.