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El lado olvidado de la guerra contra el terrorismo

En la última década, especialmente después de los ataques a EE.UU. del 11 de septiembre de 2001, en general los occidentales han considerado al terrorismo internacional como la amenaza más urgente a la seguridad humana. En consecuencia, han movilizado y gastado vastos recursos para contrarrestar sus muchas formas.

Sin embargo, lamentablemente la invasión a Afganistán impulsada por EE.UU. y la posterior invasión (sin autorización de la ONU) a Irak subrayan la primacía de las soluciones militares en el pensamiento estratégico de las naciones ricas. Al mismo tiempo, los países en desarrollo han seguido luchando con la persistencia de la pobreza masiva, las enfermedades endémicas, la desnutrición, el deterioro ambiental y grandes desigualdades del ingreso, aspectos todos que han causado un nivel de sufrimiento humano que supera con mucho el causado por los ataques terroristas.

En consecuencia, necesitamos reevaluar los retos globales de hoy en día desde una perspectiva del Tercer Mundo. De hecho, ahora sabemos que una lección fundamental de los ataques terroristas y las insurgencias es que ninguna nación, sin importar lo autosuficiente que sea, puede permitirse permanecer indiferente a si las demás se hunden o salen a flote.

Para gran parte del mundo en desarrollo, la inestabilidad básica de las relaciones internacionales –causada por los ataques terroristas, la guerrilla y las guerras preventivas con que EE.UU. amenaza a sus enemigos- está agravando los desasosiegos socioeconómicos y generando dudas sobre los beneficios de la globalización. Por cierto, todos estamos comenzando a darnos cuenta de lo precario que es este proceso y con qué facilidad los mecanismos del mercado pueden quedar en segundo plano frente a los resentimientos culturales provocados por la explotación económica, la opresión política y la injusticia social.