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La ética de los exámenes para obtener la nacionalidad

PRINCETON -- ¿Se puede de verdad someter a examen la nacionalidad? Un número cada vez mayor de países –en particular en Europa, pero también en otras partes– parecen creerlo.

En el último decenio, han proliferado los exámenes a inmigrantes, pero también las polémicas sobre lo que se puede preguntar legítimamente en ellos. Recientemente, la revelación de que en el examen sobre “la vida en el Reino Unido” se intenta inculcar respeto a las colas –es decir, a guardar cola– inspiró tanto ridículo como indignación.

El ministro británico encargado del examen justificó la idea afirmando que “el simple acto de esperar al turno propio al guardar cola es una de las cosas que mantienen unido a nuestro país. Es muy importante que los recién llegados a ocupar su lugar al guardar cola, ya sea la de un autobús o la de pedir una taza de té”. Aunque esto puede parecer un fragmento de un sainete de Monty Python, plantea una cuestión importante: ¿debe haber límites para lo que se pregunte en el examen a los posibles ciudadanos futuros? ¿Pueden llegar a ser contraproducentes los exámenes?

Así lo creen los críticos del recurso, que se va extendiendo, a los exámenes para obtener la nacionalidad; de hecho, llegan hasta el extremo de lamentar el ascenso de un nuevo “liberalismo represivo”: las medidas adoptadas por los Estados occidentales para alcanzar fines democráticos y liberales con medios cada vez menos liberales. La obligación de seguir ”cursos de integración” y aprendizaje del idioma, la prohibición de los velos en las escuelas, como en Francia, o la limitación de los derechos de los inmigrantes a casarse con extranjeros, como en Dinamarca, son sólo algunos ejemplos de medidas coercitivas adoptadas en nombre de valores liberales supuestamente universales.