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La resaca norteamericana

NUEVA YORK – A medida que la agitación acecha a los mercados financieros de Estados Unidos y las protestas inundan sus calles, las elecciones de estilo de vida de los norteamericanos están evolucionando de una manera reveladora. En otro momento, el resto del mundo veía a Estados Unidos como un adolescente exuberante -el extrovertido del planeta, exportador de rock and roll y de películas llamativas de Hollywood-. Hoy los norteamericanos se están volviendo decididamente retraídos, o al menos introspectivos. Las tendencias en materia de ocio reflejan ese cambio: la frugalidad y el ingeniárselas para hacer cosas están de moda; el consumismo ostentoso se volvió demodé.

Este cambio se debe a la economía frágil, por supuesto, pero creo que también es psicológico. Después de dos guerras y media docena de conflictos no declarados en la pasada década, Estados Unidos entró en un período de hibernación cultural sin precedentes.

En los últimos tiempos, la jardinería, la creación de álbumes de recortes, el tejido y la cocina son actividades que se volvieron obscenamente chic. En los barrios urbanos adonde se están mudando los jóvenes modernos, las huertas citadinas y los tomates de herencia cultivados en macetas en las ventanas reemplazaron a los Lexus y los Prius.

Otros jóvenes a la moda se han trasladado más lejos, al interior del país, en busca de una nueva fantasía narrativa idílica. La pareja joven -él con barba y ella con un solero y botas de goma- vive en una granja en el Valle del Río Hudson con una bandada de pollos, o en Nueva México en una casa de paja ecológica. Ellos han reemplazado a la pareja joven de hace cinco años -él con el fondo de cobertura; ella con decoradores de interiores- en una McMansión en Westchester County.