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Los nuevos riesgos de la regulación del riesgo

LONDRES – Cuando asumí la responsabilidad de la supervisión bancaria del Reino Unido en 1995, una sabia y vieja voz del Banco de Inglaterra (BoE) me advirtió de que me resultaría un trabajo ingrato. Nunca un periódico imprime como titular “Todos los bancos ingleses están seguros esta semana”, pero si ocurre un problema, casi invariablemente se lo ve como un caso de fallo de supervisión. Los periodistas cubren raudamente a los contralores que se adormilan en sus funciones.

Los reguladores se ven atrapados en un fuego cruzado de expectativas en conflicto. Los bancos quieren que se los deje solos, a menos que necesiten ayuda. Los consumidores y sus representantes políticos quieren que ellos estén al tanto de cada transacción e intervengan en tiempo real ante cualquier problema. En los años previos a la crisis financiera de 2008 el péndulo oscilaba hacia el extremo no intervencionista del espectro. Hoy “intrusivo” tiene una connotación positiva en el léxico regulador, pero sigue existiendo la necesidad de lograr un equilibrio.

El otro punto que me susurró esa voz fue que la única manera de generar una noticia positiva sobre la regulación era advertir de problemas futuros. “Las entidades reguladoras advirtieron hoy que…” es un buen comienzo de titular para el Financial Times o el Wall Street Journal. Los editores sienten un subidón de placer al preocupar a sus lectores.

Los reguladores financieros y las instituciones financieras internacionales han seguido mucho ese consejo últimamente. Como lo expresara William Coen, secretario general del Comité de Basilea, en una conferencia reciente, citando al ex Presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, Ben Bernanke, “para aquellos que buscan mantener fuerte nuestro sistema financiero el enemigo es el olvido”. Coen continuó argumentando que “la probabilidad de que se produzca una crisis financiera en el futuro no hace más que aumentar con el tiempo”. Supongo que uno puede ver lo que quiere decir, aunque tengo dudas sobre la lógica de tal formulación.

El Banco Central Europeo ha participado del debate con preocupaciones más específicas: “Las vulnerabilidades en los mercados financieros siguen acumulándose entre bolsones de altas tasaciones y primas de riesgos globales comprimidas”. Al BCE le preocupa particularmente el bucle de retroalimentación hacia la eurozona desde otros mercados en problemas. Es una inquietud centrada en los gestores de activos: los fondos de inversión del área del Euro son vulnerables a “potenciales crisis en los mercados financieros globales”.

El BoE tiene inquietudes similares acerca del precio del riesgo. En su blog “Bank Underground”, que se está volviendo la más interesante de sus publicaciones, se pueden encontrar análisis de la evolución de las primas de riesgo. Usando los precios de los seguros de impago de deuda, muestra que los inversionistas aceptan hoy menos compensación por asumir importes determinados de riesgo crediticio: la compensación por unidad de riesgo de impago ha bajado en un 20% desde principios de 2016. De manera similar, la prima de volatilidad, definida como el precio de las opciones que aseguran contra caídas en el índice de valores, ha bajado de manera considerable. Mirado en retrospectiva, la equivocación a la hora de asignar precios al riesgo fue un signo de advertencia que los reguladores e inversionistas pasaron por alto en la etapa previa a la crisis de 2008.

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El Fondo Monetario Internacional también ha entrado a escena. Aunque sus Pespectivas Económicas Mundiales de octubre presentan una imagen optimista del crecimiento global, advierte ahora que la economía mundial es “vulnerable a un ajuste repentino de las condiciones financieras” y que las “valoraciones del capital parecen estar bajo presión en algunos mercados”, sin duda conciente todavía de la visión excesivamente optimista que ofreció en 2006. En este contexto, la palabra “algunos” es una palabra que puede entenderse como los Estados Unidos. La proporción del marcado estadounidense en las valoraciones del capital global es la más alta en la historia, lo cual es un dato notable si se considera la menguante proporción de EE.UU. en la actividad económica global.

¿Cómo deberíamos ver todas esas advertencias? ¿Están los reguladores genuinamente ansiosos, o solo se cubren las espaldas? Las máximas recibidas por los reguladores dicen que les conviene poder decir “Os lo advertimos” si algo sale mal y que pocas son las desventajas de emitir advertencias sombrías de vez en cuando. Rara vez los periodistas revisan para ver si los funestos resultados que predijeron las autoridades ocurrieron en realidad. Y si revisan, los reguladores siempre pueden decir que se evitó lo peor precisamente porque ellos advirtieron del riesgo.

Pero el cuociente de advertencias ha aumentado en las últimas semanas. ¿Deberíamos ponernos ansiosos y comenzar a bajar las escotillas en preparación para una futura tormenta?

Es difícil estar seguro, por supuesto, pero se están multiplicando las razones para desvelarse. Si bien cada foco de problemas en los mercados emergentes (Venezuela, Turquía, Brasil, Argentina) tiene sus rasgos propios, está empezando a surgir un patrón. El alza del dólar y la fuga de inversiones a Estados Unidos intensifican los problemas que estos propios países han generado. Y si bien las alzas de la tasas de interés de la Fed difícilmente podrían haberse anunciado por anticipado más cuidadosamente, todavía hay preocupaciones de que no hayan logrado su objetivo de ajustar los mercados crediticios y que, si acaban haciéndolo, algunos prestatarios podrían encontrarse incómodamente expuestos.

Y luego está el riesgo de una guerra comercial. La Organización Mundial de Comercio finalmente ha advertido de que una intensificación en la guerra de aranceles podría causar un agudo declive en el comercio. Eso sería un serio golpe a la economía china, que ya se está desacelerando lentamente por otras razones.

Así, pues, los riesgos económicos actuales parecen tender hacia la desacerelación tras un periodo beningno. La única buena noticia es que en el caso de que haya en ciernes una recesión (o más probablemente un periodo de bajo crecimiento), los bancos poseen una capitalización más sólida que la última vez. Sin embargo, casi por definición no podemos estar tan seguros del sector bancario en las sombras. Puede que estemos a punto de descubrir si los creadores de nuevos créditos, algunos de los cuales no están obligados a regirse por una rigurosa regulación del capital, han acertado con su precio al riesgo.

Traducido por David Meléndez Tormen

http://prosyn.org/bE2gK8e/es;

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