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Revolución en el vacío

MADRID – La Guerra Fría puede haber acabado, pero ha vuelto la rivalidad entre las superpotencias. A consecuencia de ello, la capacidad de la comunidad internacional para unirse frente a las más importantes amenazas mundiales sigue siendo tan deficiente como siempre.

En ningún caso se refleja más claramente que en el de Siria. Lo que debía ser un plan coordinado para proteger a los civiles de una represión despiadada y un avance hacia una transición pacífica, el formulado por el ex Secretario General de las Naciones Unidas Kofi Annan, ha acabado degenerando en una guerra por poderes entre los Estados Unidos y Rusia.

Los dirigentes de Rusia (y China) intentan defender un sistema internacional basado en la soberanía incondicional de los Estados y rechazan el derecho de ingerencia humanitaria, de inspiración occidental. Preocupados por que las rebeliones árabes radicalicen a sus propias minorías reprimidas, se niegan a permitir que se utilice el Consejo de Seguridad de las NN.UU. para fomentar cambios revolucionarios en el mundo árabe, y Siria, el último baluarte ruso de la Guerra Fría, es un activo que el Kremlin hará todo lo posible por conservar.

Pero Rusia y China no son el único problema. Las más importantes democracias en ascenso como el Brasil, la India y Sudáfrica han sido particularmente decepcionantes en su reacción ante la “primavera árabe”. Todas ellas son adalides declarados de los derechos humanos a la hora de condenar cualquier ataque defensivo de Israel en Gaza como “genocida”, pero se muestran igualmente unidas al oponerse a la adopción de medidas sobre Siria por el Consejo de Seguridad, justo cuando la represión en este país resulta más atroz que nunca. Los levantamientos árabes o bien chocaron con su compromiso con la inviolabilidad de la soberanía nacional o bien aumentaron su temor a que una “intervención humanitaria” fuera simplemente otro instrumento de dominio septentrional.