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La crisis moral de la pandemia

PRINCETON – El COVID-19 ha renovado el significado de la localidad en nuestras vidas. El aislamiento social y, en muchos lugares, los límites establecidos por la autoridad nacional han resaltado la importancia de los recursos cercanos al hogar y las soluciones desde la base social a una amenaza invisible. El comercio y los viajes internacionales han traído el virus a nuestros vecindarios y lugares de trabajo, pero son los servicios regionales y locales lo que se han tenido que movilizar para contener la pandemia.

No es de sorprender que nos interesen las historias de resiliencia comunitaria frente a un peligro invisible. Observamos esta precisión y capacidad de recursos de los informes diarios de los gobernadores estatales de EE.UU. y la vemos en la paciencia de los vecinos y los sacrificios de los funcionarios de la sanidad. ¿Héroes nacionales? Para nada. Nos seguimos diciendo a nosotros mismos: “El mundo es un lugar peligroso. Gracias a Dios por los vecinos y las autoridades e instituciones locales”.

Pero la crisis que enfrentamos es fundamentalmente global. Si respiramos con alivio porque el contagio ya haya llegado a su máximo en China, Francia o los Estados Unidos y reanudamos nuestras vidas de antes de la pandemia, no estaremos preparados para cuando el próximo brote ocurra en latitudes distantes. No podemos dar la espalda al destino de la gente que habita más allá de nuestras fronteras. Si lo hacemos, la crisis económica y sanitaria global se convertirá en una crisis moral de la globalización.

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