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La tierra prometida de Obama

MADRID – Ahora que las aguas se han calmado tras el esperado viaje del Presidente Barack Obama a Israel, es posible analizar su significado. La primera visita al extranjero de un segundo mandato tiene, sin lugar a dudas, importantes implicaciones para la política exterior de los EE.UU.; sin embargo, este periplo a Israel no ha materilizado el avance en política exterior que muchos esperaban. Por el contrario, a diferencia de sus predecesores que apostaron en su segunda presidencia por crear un legado de política exterior, el interés de Obama se centra en garantizar una herencia nacional.

Obama ambiciona invertir la realidad que ha dominado la política estadounidense desde la elección de Richard Nixon en 1968. Su objetivo es asegurar que un moderado Partido Demócrata se erija en núcleo de la política interna y legislativa, quedando el Partido Republicano relegado a la marginalidad.

La pieza central de la visita es su discurso en Jerusalén en el que, el don de Obama para la retórica, entusiasmó al escéptico público israelí. En él apeló a la ética, exhortando a su auditorio a interiorizar el conflicto desde el punto de vista de un palestino. Y sin embargo, mientras que el discurso ha sido saludado como un ejercicio exitoso de diplomacia pública, destaca que no hizo anuncio alguno de una renovación del impulso de los EE.UU. a las negociaciones de paz. Más bien, auguró una continuación de la política de no interferencia de los EE.UU. en el conflicto Palestino-Israelí.

La decisión de Obama de dirigirse al pueblo israelí en lugar de a sus líderes es reveladora. Hay que reconocer que el clima político actual no es propicio para unas negociaciones de paz exitosas. En Israel, el Primer Ministro Benjamín Netanyahu ha formado una coalición de centro-derecha dominada por destacados partidarios de los asentamientos entre los que se encuentran el ministro de Vivienda, Uri Ariel del partido Jewish Home y el ministro de Defensa, Moshe Yaalon del Likud de Netanyahu. Mientras, la ministra de Justicia, Tzipi Livni, se erige en coartada, proporcionando un barniz de compromiso oficial al proceso de paz. Por último, el moderado Yair Lapid, que ha enviado señales contradictorias acerca de una solución en pro de dos estados, queda apartado del proceso de paz con un nombramiento al frente del ministerio de Finanzas.