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El regreso de la opción jordana

TEL AVIV – La iniciativa de Francia para organizar una conferencia internacional y relanzar las conversaciones directas entre israelíes y palestinos, con miras a alcanzar la escurridiza «solución de dos estados», es producto de una resistente fantasía. Después de décadas de fracasos en las negociaciones, es hora de que comencemos a pensar como adultos.

Ni la sociedad israelí ni la palestina están preparadas para llegar a un acuerdo; por el contrario, en Israel el creciente nacionalismo se ha convertido en un obstáculo fundamental para cualquier negociación. Mientras el primer ministro Benjamín Netanyahu intente satisfacer a los elementos ultranacionalistas, no hay posibilidades de que logre producir las propuestas de paz buscadas por sus predecesores, Ehud Barak y Ehud Ólmert. En cuanto a los palestinos, su fragmentada política socava cualquier posibilidad de negociación eficaz.

Pero aún más allá de las circunstancias actuales, existen motivos más fundamentales por los cuales el proceso de paz israelí-palestino nunca ha funcionado. El papel de la historia y la religión en el conflicto, junto con lo reducido del territorio por el que luchan las partes, dejan un margen de ajuste demasiado estrecho.

Y existe otro motivo fundamental: el interlocutor palestino no es un estado, sino un movimiento impredecible. Es un movimiento institucionalmente invertebrado y dividido entre islamistas, que sueñan con una nación árabe sin límites, y nacionalistas seculares ineficaces, que rechazaron cuatro veces (en 1937, 1947, 2000 y 2008) ofertas para crear un estado palestino.