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Archivo: Abc.doc

Fabio Giambiagi

Hay dos preguntas que en buena parte de América Latina los analistas se vienen haciendo en los últimos años. La primera es: Cuando va a acabar la fiesta de la abundancia de liquidez internacional? La segunda, a su vez, es: Qué va a pasar el día en que las cosas cambien? Y bien se podría incluir una tercera: El país se está preparando para cuando llegue ese día? En el caso de Brasil, la respuesta es ambigua.

Por un lado, es un hecho que, en materia de reformas, Brasil se quedó relativamente parado luego del inicio del Gobierno Lula. Cambios estructurales en temas como sistema tributario, reglas laborales o sistema jubilatorio simplemente brillaron por su ausencia. La métrica del mercado para evaluar a los Gobiernos depende de las condiciones de contexto. En situaciones críticas de la economía mundial, en el pasado, se le exigía a Brasil compromisos que muchas veces eran casi imposibles de cumplir, en función de la realidad política. Hoy, sin avanzar en prácticamente nada en materia de reformas, hay un relajamiento generalizado que empieza justamente en los mercados, totalmente satisfechos con Brasil a pesar de que temas como las distorsiones del sistema tributario, la rigidez laboral o la precocidad de las jubilaciones, siguen tan vigentes como antes.

Por otro lado, es también un hecho que hay razones objetivas para que el mercado considere con mucha tranquilidad los préstamos a Brasil, ya que el riesgo de prestarle al país está cayendo vertiginosamente. En ese sentido, bien se puede decir que por primera vez en muchas décadas, Brasil está sabiendo aprovechar una época favorable para hacer lo que hay que hacer cuando los tiempos lo permiten, que es desendeudarse. En efecto, el país alcanzó en 2006 el menor coeficiente Deuda externa neta/Exportaciones de los últimos 50 años de su historia.