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La India recordada

PARÍS – “No olvidar a la India”. Esa advertencia tenía sentido hace diez o quince años; ya, no. Ahora es imposible pasar por alto a la India y mucho más olvidarla, no sólo por su rápido crecimiento económico, sino también por su cada vez mayor dimensión geopolítica.

Los europeos hablan con frecuencia de un “G-3” en ascenso, con lo que se refieren a un sistema internacional dominado por los Estados Unidos, China y la Unión Europea, pero esa ambición, por legítima que sea, parece cada día más presuntuosa e irrealista, sobre todo dadas las opciones por las que Europa acaba de inclinarse al nombrar a su nuevo “Presidente” –el Primer Ministro de Bélgica, Herman van Rompuy– y su “ministra de Asuntos Exteriores”, la nunca elegida para nada lady Catherine Ashton, de Gran Bretaña. ¿Cómo puede pretender Europa enviar un mensaje ambicioso cuando elige a tan modestos mensajeros –de hecho, prácticamente anónimos– para entregarlo?

En vista de esa demostración de instintos liliputienses por parte de Europa, si un G-3 llega a hacerse realidad alguna vez, el único aspirante serio en la actualidad a unirse a los EE.UU. y China es la India. La calurosísima bienvenida y la cena de Estado dadas al Primer Ministro de la India, Manmohan Singh, por el Presidente Barack Obama en Washington hace dos semanas es un testimonio más que suficiente de la nueva categoría internacional de la India.

Naturalmente, su recepción iba encaminada a halagar el ego colectivo de la India, que había notado una inclinación chinocéntrica en la política americana desde el momento en que Obama llego a ser presidente, pero hay mucho más que eso. En 1991, la caída de la Unión Soviética representó para la India una difícil prueba estratégica, que el país ha aprobado con una nota excelente. En parte como reacción al hundimiento soviético, la India abrazó sin reservas el capitalismo, lo que ha producido un progreso espectacular y, como la economía, la confianza de la India en sí misma se ha disparado.