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Las claves para un crecimiento inclusivo

PARÍS – La pandemia del COVID-19 ha puesto de manifiesto debilidades importantes de los modelos de capitalismo tanto de Estados Unidos como de Europa. En Estados Unidos, la crisis ha demostrado los límites de un sistema económico que no protege a los individuos de los efectos de la destrucción creativa y las consecuencias sociales de un shock macroeconómico. En Europa, ha revelado el dinamismo insuficiente del ecosistema de innovación de la región –particularmente en el sector de biotecnología, que tiene la llave para poner fin a la pandemia-. Por todo el daño que ha causado, por ende, la crisis del COVID-19 también es un llamado de atención para repensar el capitalismo.

No consideramos la falta de protección e inclusión del modelo económico de Estados Unidos como un precio necesario a pagar por un mayor nivel de innovación. Tampoco pensamos que la falta de innovación de Europa sea una consecuencia natural de una mayor inclusión y de una mejor protección social. De modo que, además de instar a una mayor inversión en educación, defendemos dos políticas que deberían estimular el crecimiento basado en la innovación y hacerlo más inclusivo y/o protector: una política de competencia reforzada y un sistema de “flexiguridad” al estilo danés en el mercado laboral.

Las discusiones en torno a una política de competencia deberían empezar por preguntarse por qué la economía innovadora de Estados Unidos, que lideró la revolución de la tecnología de la información, se ha visto afectada por una caída del crecimiento de la productividad en los últimos veinte años. Entre las varias explicaciones posibles para esta tendencia, dos han hecho hincapié en un problema de competencia.

En su libro de 2019 The Great Reversal (La gran reversión), Thomas Philippon sostiene que la razón principal para la desaceleración del crecimiento de la productividad en Estados Unidos fue el debilitamiento de las políticas antimonopolio. Según Philippon, este giro gradual ha derivado en una mayor concentración en muchos sectores económicos y ha erosionado el dinamismo empresario, especialmente la creación de nuevas empresas.

Una explicación alternativa, que uno de nosotros (Aghion) desarrolló junto con Antonin Bergeaud, Timo Boppart, Peter J. Klenow y Huiyu Li, también habla de una competencia inadecuada, pero se centra en la revolución de la TI. En pocas palabras, los rápidos avances tecnológicos han permitido que empresas superestrella –las que han acumulado capital social y conocimiento que es difícil de imitar, y/o han desarrollado redes sólidas- controlen un porcentaje mayor de los sectores económicos. Esto explica la aceleración del crecimiento de la productividad en Estados Unidos entre 1995 y 2005, especialmente en sectores relacionados con la TI.

Pero, en el más largo plazo, las empresas superestrella desalentarán la innovación por parte de empresas no-superestrella en todas las líneas de productos que controlan. Esto es porque los competidores que intenten destronar a una empresa superestrella deben reducir drásticamente sus precios y así sus rentas de la innovación. De modo que la revolución de TI, al permitirles a las empresas superestrella crecer rápidamente y controlar cada vez más sectores, termina reduciendo el ingreso de nuevos participantes al mercado, la innovación y el crecimiento de la economía en general.

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Esta explicación implica que maximizar el potencial de crecimiento de la revolución de TI exige reformar la política de competencia para tener más en cuenta el efecto de las fusiones y adquisiciones en la innovación y la entrada al mercado en el futuro. Una estrategia de estas características debería fomentar el crecimiento liderado por la innovación y hacerlo más inclusivo permitiendo el ingreso al mercado de nuevos actores innovadores. Esa innovación, particularmente por parte de los nuevos participantes, también debería fomentar una mayor movilidad social.

Los programas de flexiguridad, por su parte, pueden ayudar a abordar los problemas muy arraigados del mercado laboral, inclusive en Estados Unidos. En un artículo de 2017, Anne Case y Angus Deaton demostraron que, luego de un período prolongado de caída, la mortalidad entre la población blanca no hispana y de mediana edad (45-54) en Estados Unidos comenzó a crecer a comienzos de los años 2000, y se aceleró marcadamente después de 2011-12. Su hallazgo más sorprendente fue el rápido incremento en lo que llamaron “muertes por desesperación”, que resultan del suicidio o del abuso de sustancias, principalmente entre los trabajadores menos calificados. Este fenómeno no tiene ningún equivalente contemporáneo en otros países desarrollados.

Deaton y Case atribuyeron esta reversión de la tendencia en materia de mortalidad entre la población blanca no hispana de Estados Unidos a una creciente inseguridad laboral asociada con la destrucción creativa, que muchas veces resulta en una mayor inestabilidad en los hogares. En términos más generales, hemos pasado de un mundo donde mucha gente podía esperar pasar toda su carrera en la misma empresa, con la posibilidad de ascender, a un mundo donde la frecuente disrupción se ha convertido en la norma.

¿Es posible diseñar un sistema que haga que la destrucción creativa sea más tolerable permitiéndoles a los individuos transitar períodos de desempleo con una mayor serenidad y de una manera que beneficie a la economía en su totalidad? Un importante estudio de 2017 de Alexandra Roulet sugiere que Dinamarca, que introdujo un sistema de flexiguridad en 1993, puede haber descubierto la fórmula correcta.

El sistema danés tiene dos pilares. Hace que el mercado laboral sea más flexible al simplificar los procedimientos de despido de los empleados para las empresas. Pero, para proteger a los trabajadores despedidos, el gobierno ofrece generosos beneficios de desempleo, así como una inversión sustancial en capacitación profesional para darle a la gente las capacidades que necesitan para reinsertarse en el mercado laboral.

Roulet comparó la salud de los trabajadores daneses cuyo lugar de trabajo cerró entre 2001 y 2006 con la de los trabajadores con el mismo perfil (incluyendo edad, experiencia y capacidades) cuyo empleador no cerró. Sus hallazgos fueron asombrosos: los cierres de empresas no afectaron algunos indicadores importantes de la salud de los individuos, en particular el consumo de antidepresivos o la probabilidad de consultar a un médico generalista. El cierre de una empresa tampoco incidió en la tasa de mortalidad entre sus trabajadores.

Al establecer su sistema de flexiguridad, Dinamarca logró dos objetivos simultáneamente. Primero, fomentó el crecimiento liderado por la innovación facilitando la implementación de la destrucción creativa y haciéndola más eficiente (gracias a la inversión pública en capacitación profesional). Segundo, el esquema hizo que el crecimiento impulsado por la innovación fuera más protector e inclusivo al brindar un apoyo económico para facilitar la reinserción de los trabajadores despedidos en el empleo del mercado laboral.

Una de las muchas lecciones económicas de la pandemia del COVID-19 es que la innovación y la inclusión no necesitan ser mutuamente excluyentes. Al implementar las políticas correctas, los gobiernos occidentales pueden promover ambas cosas y así ayudar a generar una recuperación dinámica y equitativa.

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