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La fragmentación de Iraq

El proyecto de constitución de Iraq probablemente se aprobará en el referéndum que se llevará a cabo e 15 de octubre. Pero en última instancia no importa que se ratifique o no, ya que la constitución -y todo el proceso de elaboración del documento- es totalmente ajeno a las realidades de un país que ya no existe como un cuerpo político coherente.

El problema no es con la constitución sino con la  concepción generalizada -casi una idea fija- de que Iraq es un Estado-nación moderno viable y que todo lo que se necesita para hacerlo funcionar debidamente son las instituciones políticas adecuadas. Pero esto es una falacia, y los líderes responsable deberían de empezar a pensar en alternativas.

El Estado iraquí, creado en los años 1920 por los planificadores imperialistas británicos (con Winston Churchill a la cabeza), es una extraña mezcla de tres provincias desiguales del viejo imperio otomano: Mosul en el norte de mayoría kurda, Bagdad en el centro con una mayoría árabe sunita, y Basora en el sur de mayoría árabe chiíta. Por sus propias razones políticas, los británicos dieron el control de todo el país a los árabes sunitas (que nunca fueron más  del 25% de la población) e incluso importaron un príncipe árabe sunita hashemita para gobernar su invento.

Desde entonces, el país sólo pudo mantenerse unido con mano de hierro: la historia de Iraq está repleta de revueltas chiítas, kurdas e incluso cristianas asirias, todas reprimidas de manera sangrienta por la minoría sunita en el poder. A lo largo de su historia, el Iraq moderno siempre ha sido el más opresor de los países árabes. El régimen de Sadam fue simplemente el más brutal de una larga serie de regímenes sunitas.