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Por qué la buena gobernanza es una mala idea

FRÁNCFORT – Había una vez, no hace mucho tiempo, en que comentaristas y expertos recetaban la “buena gobernanza” como el único ingrediente necesario para el crecimiento y el desarrollo económico. Durante muchos años fue un componente básico en las asesorías políticas y las reformas institucionales. En un informe de 1992, Governance and Development (Gobernanza y Desarrollo), el Banco Mundial definía el término en sus cuatro componentes: capacidad y eficiencia de la gestión del sector público, rendición de cuentas, marcos jurídicos, e información y transparencia.

Desde entonces el término ha caído en desuso, quizás porque el concepto ha perdido parte de su novedad. Si bien no hay nada malo con ninguno de sus cuatro componentes o con el principio de equidad de procedimiento en la administración de los asuntos públicos y privados, el supuesto de que la buena gobernanza solucionaría problemas sociales y políticos complejos estaba profundamente equivocado.

Es más, algunos críticos plantean que la agenda de la buena gobernanza siempre se propuso para enmascarar las estructuras de poder subyacentes, al elevar la toma de decisiones tecnocráticas por encima de las luchas políticas. Haya sido esto verdadero o no, los promotores de la buena gobernanza sí tendían a centrarse en las apariencias en vez de la sustancia: las preguntas sobre el “cómo” tenían precedencia sobre las preguntas del “qué”, como si los buenos resultados sugieran milagrosamente desde procesos implementados con solidez.

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