0

El Katrina de Europa por venir

Mientras los europeos contemplaban al Presidente Bush tropezar con la muerte, la destrucción y el caos provocados por el huracán Katrina en Nueva Orleáns, algunos no pudieron por menos de darse palmaditas en la espalda y decir: “Gracias a Dios por nuestra solidaridad social”.

Cierto es, ningún país europeo que se precie permitiría jamás que sus ciudadanos cayeran en tan desesperada pobreza como para no poder –literalmente– escapar de sus hogares ante un desastre natural y todos los europeos –y no sólo los de izquierdas– se sintieron en verdad escandalizados y horrorizados por la vívida demostración,  propiciada por el Katrina, de que, al parecer, no existe límite a la profundidad del pozo en el que se encuentran los pobres de los Estados Unidos.

Pero esa preocupación y sensibilidad es un poco demasiado autocongratulatoria, pues permite a los europeos quitar importancia a los muy reales problemas que ahora tienen con su tan cacareada solidaridad social.

Para empezar, mientras que la doctrina de la solidaridad social de Europa predica la equidad y la igualdad, enmascara una “sociedad privilegiada” que es espectacularmente injusta en el extremo más alto del espectro de los ingresos. Lo habitual es que las minorías selectas del Estado del bienestar cuenten con los mejores médicos, las mejores localidades en las salas de conciertos, los mejores pisos en los mejores barrios y demás, por la tozuda negativa de Europa a usar el mecanismo de los precios y del mercado para la asignación de los bienes y servicios principales. A los que están fuera les resulta difícil competir cuando “conseguir algo” depende de conocer a las personas adecuadas.