El Katrina de Europa por venir

Mientras los europeos contemplaban al Presidente Bush tropezar con la muerte, la destrucción y el caos provocados por el huracán Katrina en Nueva Orleáns, algunos no pudieron por menos de darse palmaditas en la espalda y decir: “Gracias a Dios por nuestra solidaridad social”.

Cierto es, ningún país europeo que se precie permitiría jamás que sus ciudadanos cayeran en tan desesperada pobreza como para no poder –literalmente– escapar de sus hogares ante un desastre natural y todos los europeos –y no sólo los de izquierdas– se sintieron en verdad escandalizados y horrorizados por la vívida demostración,  propiciada por el Katrina, de que, al parecer, no existe límite a la profundidad del pozo en el que se encuentran los pobres de los Estados Unidos.

Pero esa preocupación y sensibilidad es un poco demasiado autocongratulatoria, pues permite a los europeos quitar importancia a los muy reales problemas que ahora tienen con su tan cacareada solidaridad social.

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