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El COVID-19 es una oportunidad para Europa

LONDRES – Durante años, han venido creciendo los temores de que un “cisne negro” pusiera a prueba las capacidades de gestión de crisis de la Unión Europea. Con el brote del coronavirus COVID-19, esos temores se han hecho realidad –y no resulta del todo claro si la UE podrá sobrellevarlo.

La epidemia del COVID-19 no es una prueba de estrés cualquiera. Por empezar, es probable que afecte a todo el mundo, y que conduzca a una desaceleración sincronizada del crecimiento o inclusive a una recesión. Las recesiones sincronizadas casi siempre son más profundas y más duraderas que las crisis que afectan a economías individuales, y golpean particularmente fuerte a las economías abiertas como la UE.

Para colmo de males, como todos los estados miembro de la UE enfrentan un golpe duro, tendrán muchas menos posibilidades de ayudarse mutuamente que durante la crisis de la eurozona que comenzó en 2010. Sin duda, Italia es el país que más ha sufrido hasta el momento. Pero los patrones de transmisión anteriores en otras partes sugieren que el COVID-19 seguirá propagándose por Europa, sometiendo a todos los países a una creciente tensión.

Por supuesto, es imposible decir a ciencia cierta cómo se desarrollará la epidemia. Pero esa incertidumbre no hará más que exacerbar las consecuencias económicas, porque minará la inversión y el consumo de los hogares.

El virus ya ha alterado las cadenas de suministro y desacelerado el comercio global, con efectos predeciblemente negativos en las ganancias corporativas y el empleo. Los sectores de turismo y de transporte se han visto particularmente afectados, debido no sólo a las restricciones de viaje ordenadas por los gobiernos, sino también a un “distanciamiento social” voluntario y a reducciones de los movimientos. Como resultado de ello, la demanda general ya está decayendo, y esto se refleja en el desplome de los precios del petróleo –por lo general un presagio de recesión global.

Sin duda, las consecuencias de un efecto negativo como el COVID-19, por más dolorosas que sean, podrían tener corto aliento. Pero si bien China parece haber logrado controlar nuevas infecciones, la cantidad de casos sigue aumentando en otras partes. A menos que esto cambie rápido, es poco probable que los efectos económicos sean temporarios.

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Un escenario más probable es que el golpe del COVID-19 ponga a prueba la resiliencia de los sistemas de salud pública, las relaciones laborales y los mecanismos de solidaridad formales e informales en toda la UE. Y si a la pandemia no se responde con políticas agresivas y oportunas, sus efectos probablemente sean perdurables, especialmente si se activan los mecanismos de amplificación.

Estos mecanismos por lo general funcionan a través del sector financiero. La buena noticia es que, gracias a una mejor regulación, los bancos están mejor capitalizados que en 2008, cuando estalló la última crisis financiera global. Pero algunos países continúan teniendo serias deficiencias, y la resiliencia de las pequeñas y medianas empresas (PYMEs) sigue siendo dudosa. En el sector industrial, las PYMEs ya están sufriendo. En caso de una crisis prolongada, el daño ocasionado terminará apareciendo en los balances de los bancos.

En la UE, la capacidad de montar una respuesta efectiva y sobrellevar un daño inevitable (inclusive como consecuencia de la caída general de la demanda) varía entre los estados miembro. Pero, aún en países relativamente bien equipados, las medidas ad hoc unilaterales sólo tienen un potencial limitado. Una acción coordinada –especialmente en el frente fiscal- sería mucho más efectiva.

Esto no significa simplemente permitir que los estados miembro tengan déficits fiscales mayores. Si bien esto ayudaría –sobre todo al mejorar la relación entre la UE y sus ciudadanos-, afectaría las primas de riesgo de algunos países (como demuestra el caso italiano). Hace diez años aprendimos que esto podía amenazar la propia supervivencia de la eurozona y exacerbar la crisis, derivando en una segmentación financiera. La política monetaria puede ayudar de diferentes maneras –concretamente, ofreciendo liquidez cuando fuera necesario-. Por ejemplo, los responsables de las políticas podrían implementar operaciones específicas condicionales a los bancos que les presten a las PYMEs. En términos más generales, los bancos centrales tienen que utilizar todas las herramientas disponibles para compensar la presión bajista sobre las expectativas de inflación como consecuencia de la caída de los precios del petróleo.

Sin embargo, lo que la UE realmente necesita es un estímulo fiscal coordinado que saque provecho de su poder de financiamiento conjunto. Pero, actualmente, no hay un instrumento en vigencia que respalde a los países miembro cuando se producen grandes sacudidas comunes. El Mecanismo Europeo de Estabilidad podría activarse en un escenario extremo, pero utilizarlo como una herramienta de gestión de la demanda sería inapropiado. Y el Fondo Europeo de Solidaridad es demasiado pequeño para poder cumplir este objetivo.

La pandemia del COVID-19, por lo tanto, representa una oportunidad para que la UE cree un mecanismo de gestión de crisis poderoso, que aúne los recursos de los estados miembro y los canalice hacia una política fiscal coordinada. La idea de un “fondo de seguro” de este tipo no es nueva: varios economistas defendieron la idea después de la última crisis, cuando la discusión de una reforma de la gobernanza estaba en pleno apogeo.

La UE ha tendido a hacer mayores progresos en tiempos difíciles. Y, como pueden confirmar los millones de personas que hoy están aisladas en Italia, el brote del COVID-19 es un tiempo muy difícil. Ahora es el momento de que la UE emprenda una acción coordinada rápida y capitalice el impulso para construir las instituciones que necesita a fin de facilitar una acción aún más efectiva la próxima vez.

El contexto geopolítico actual debería reforzar la motivación de Europa para impulsar su capacidad de gestión de crisis. En 2008, predominaba la cooperación internacional y Estados Unidos era un socio confiable para Europa. Cuando los bancos europeos necesitaron desesperadamente dólares estadounidenses, se crearon rápidamente mecanismos de canje de monedas para salvaguardar la estabilidad financiera.

Hoy, en cambio, el aislacionismo está en aumento y Estados Unidos lleva la delantera. La Reserva Federal de Estados Unidos no consultó a nadie antes de implementar su reciente recorte de la tasa de interés de emergencia. Da escalofríos pensar qué sucedería si los bancos europeos necesitaran con urgencia financiamiento en dólares en este contexto.

El COVID-19 debería servir como una poderosa advertencia para los gobiernos en todo el mundo. La combinación de degradación ambiental y profunda interconexión económica ha hecho que el mundo sea más vulnerable que nunca a las sacudidas repentinas y de gran escala. La UE tiene la obligación ante sus ciudadanos de garantizar que puede dar respuesta.

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