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Las horas más oscuras de la diplomacia

MADRID – En la actualidad, la diplomacia no está gozando de sus mejores tiempos. Muy por el contrario: la resistencia a las soluciones diplomáticas es una característica común a la mayoría de los principales conflictos de hoy en día.

Afganistán seguirá desangrándose hasta que los aliados finalmente reconozcan que solo negociando con los talibanes tienen alguna opción de poner fin a la guerra. Sin embargo, Occidente tendrá también que reconocer que los conflictos con un potente componente cultural y religioso sencillamente no se pueden solucionar por vía militar, lo cual apunta al fin del ostracismo del Islam político: Hamás y Hezbolá, por ejemplo.

Mientras tanto, el imparable impulso de Irán para desarrollar armar nucleares podría terminar convirtiéndose en la mejor demostración del fracaso de la comunidad internacional para atemperar la marea nuclear en la región. El conflicto palestino-israelí sigue siendo la farsa diplomática que ha sido por largos años. Y nada ha atenuado las tensiones entre Israel y tanto Siria como el Líbano.

La historia nos enseña con demasiada frecuencia que la diplomacia produce resultados solo cuando tras ella hay una país con un poder abrumador. Esa fue la visión de mundo del Presidente estadounidense y Premio Nobel de la Paz Theodore Roosevelt, gran promotor del expansionismo estadounidense: "En en largo plazo, una guerra justa es mucho más beneficiosa para el espíritu de un hombre que la más próspera paz". Un siglo después, otro presidente estadounidense, Barack Obama, sumergido en dos guerras inútiles en Oriente Próximo, recibió su Premio Nobel de la Paz con una defensa de las "guerras justas".