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Dictemos Límites a los Dictadores

Robert Mugabe es un ancestral tirano que por sí solo está destruyendo la economía y la estabilidad social de Zimbabue. Como muchos otros tiranos, parece estar dispuesto a hacer cualquier cosa para extender sus 22 años en el poder, incluyendo recurrir a la violencia y manipular las elecciones. Sus corruptos compinches y oficiales militares, quienes se beneficiaron durante su régimen sin ley, lo apoyan no sólo para mantener sus propios corruptos ingresos, sino también por miedo al castigo que podrían recibir si cayeran del poder. A pesar de las protestas por parte de Estados Unidos (EU) y de Europa, Mugabe se ha salido con la suya hasta ahora a pesar de sus brutales fechorías.

La tiranía es, claro, una de las más viejas historias políticas. Pero en un mundo interconectado, ¿no sería posible que la comunidad internacional hiciera más para refrenar a los tiranos y así asegurar un ambiente global más estable? Una pregunta capciosa, sin duda. Ningún país está dispuesto a ceder la soberanía política a los poderes externos o a los observadores electorales. Pero los altos costos de la tiranía se derraman hasta el resto del mundo, en forma de enfermedades sin control, movilizaciones de refugiados, violencia y criminalidad. Impedir la continuada mala administración del Sr. Mugabe y otros como él es asunto de interés para el mundo.

Una idea factible es el monitoreo regional, es decir, que los vecinos de un país ayuden a impedir tal tiranía. Esto es factible porque los vecinos son los mayores perdedores directos cuando la inestabilidad se derrama a través de las fronteras. Pero los vecinos son también los que más temen retar a uno de los suyos. Hasta ahora, la Comunidad del África Meridional para el Desarrollo (SADC) ha sido condescendiente con los abusos de Mugabe. Si ese silencio continúa, minará seriamente las instituciones de la SADC y ensombreserá al líder más importante de la SADC, el presidente de Sudáfrica, Thabo Mbeki.

Las sanciones ofrecen otra opción. EU, Europa y otras democracias no deberían continuar haciendo ``negocios como siempre'' con Zimbabue. Mugabe y sus secuaces ocultaron millones de dólares en el extranjero durante el año pasado, según informes plausibles de la prensa. Esas cuentas deberían congelarse a pesar de las dificultades que representa hacerlo en un mundo repleto de banca secreta y cuentas nominales que disfrazan la verdadera propiedad. Las falsas elecciones de Mugabe, además, deberían ser ignoradas y en las reuniones internacionales debería negársele la bienvenida a Mugabe como líder legítimo de estado.