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amaeshi1_Loic Seigland Getty Images_3Dafricamap Loic Seigland/Getty Images

Descolonizar la academia africana

EDINBURGO – Los observaciones y la investigación académica sobre distintos países africanos pintan un panorama decididamente mixto. Sin embargo, las conclusiones a las que arriban, independientemente de que presenten horizontes brillantes o sombríos para dichos países de manera individual, tienden a compartir un mismo enfoque ahistórico.

El África contemporánea es en gran medida un producto del colonialismo, y cualquiera que sea el ámbito en el que uno se enfoque – ya sea el ámbito económico o político, el religioso o geográfico – se encontrará huellas de dicho colonialismo. Un claro ejemplo es la práctica de la democracia en África. A pesar de todas sus promesas, en la mayoría de los países africanos la gobernanza democrática ha tenido que enfrentar dificultades para cumplir con sus compromisos.

Una razón es que la democracia tiene sus raíces en principios (libertad, individualismo, solidaridad, igualdad) que pueden significar cosas distintas en contextos distintos. Las preferencias, valores y creencias integrados tienden a brindar información a las prácticas y políticas a través de las cuales se promulga la democracia. Por lo tanto, en su calidad de un conjunto incorporado de prácticas y políticas, la democracia puede compararse con una tecnología.

Todas las tecnologías pueden ser utilizadas, y en los hechos se las utiliza, para propósitos muy distintos. Un bolígrafo puede ser un instrumento de escritura o un arma. Se puede usar un cuchillo para cortar verduras o para participar en una pelea callejera. Pero esto no quiere decir que las tecnologías sean moralmente neutrales. Por el contrario, su ética puede ser informada mediante sus funciones. Es por eso que es posible hablar de usos apropiados e inapropiados de las tecnologías. Ninguna tecnología es independiente del mundo social. Todo emergió desde algún lugar.

Del mismo modo, la democracia tiene sus raíces en un lugar, tradición y cultura particulares. Para transferir este enraizamiento de un contexto a otro, es necesario reconocer las tradiciones y culturas del lugar al que se transfiere. Como esto no sucedió en la mayoría de los países africanos, la democracia se ha convertido en un arma con la que las élites y los hombres fuertes oprimen a los débiles, en lugar de un sistema para proteger los derechos y responsabilizar a los líderes de sus acciones.

El legado de las instituciones coloniales en África tiende a suprimir las prácticas indígenas. Muchas sociedades africanas tienen sus propias formas de hacer las cosas, desde la gobernanza familiar hasta la coordinación de la vida económica y política. La mayoría aún opera como grupos étnicos cuyos miembros basan sus identidades en marcadores lingüísticos y culturales compartidos. Sin embargo, tras la balcanización de África bajo el colonialismo, estas sociedades tradicionales fueron, en la mayoría de los casos, reconfiguradas en unidades políticas que carecían de una fuente de identidad. No es de extrañar que muchas de ellas todavía estén luchando por convertirse en Estados-nación que funcionen bien.

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Las fronteras geográficas que se impusieron por razones económicas y políticas se han convertido en realidades inamovibles. Cuando hay movimientos de autodeterminación, generalmente son reprimidos, a veces violentamente, y sus líderes son acusados ​​de “delito de alta traición” (que por cuenta propia es en los hechos un mecanismo colonial).

Con el pasar del tiempo, las fronteras geográficas confeccionadas de África también se han convertido en límites psicológicos. Las personas fueron “fronterizadas” dentro de diferentes países, después de haber compartido previamente una identidad étnica comenzaron a verse a sí mismas como personas distintas. Si bien Sudáfrica comparte algunos grupos étnicos con los vecinos de Zimbabue, Mozambique y Namibia, ahora ve a los ciudadanos de estos países como extranjeros y foráneos.

Pero esta dinámica se ejecuta en ambas direcciones. Los Hausa-Fulanis del África saheliana han continuado haciendo hincapié en su identidad común, independientemente de las fronteras nacionales. Sin embargo, esta coherencia en sí misma se ha convertido en una fuente de tensión, en la medida en la que instiga desconfianzas entre los otros grupos que viven en estos países artificiales.

El énfasis de larga data en las fronteras coloniales, generalmente a expensas de los grupos étnicos tradicionales, continúa brindando información a las políticas y las relaciones internacionales hasta el día de hoy. Las instituciones multilaterales como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y las Naciones Unidas a menudo piensan y actúan dentro de los límites de las fronteras coloniales. Lo mismo puede decirse de la gobernanza económica y la coordinación transfronteriza: todas las decisiones se basan en intereses “nacionales”, que a su vez se basan en legados y afiliaciones coloniales. A pesar de sus identidades étnicas compartidas, los anglófonos y francófonos de África occidental con frecuencia se enfrentan por asuntos económicos y políticos.

Sin embargo, incluso fuera de la economía y la política, los estudios académicos de África tienden a adherirse a lo que los científicos sociales Andreas Wimmer y Nina Glick Schiller llaman “nacionalismo metodológico”: “una naturalización del Estado-nación y una visión de que los países son las unidades naturales para estudios comparativos”. Este enfoque, que simplemente supone que el Estado-nación representa una sociedad coherente, ha sido ampliamente aceptado, incluso por consultores de gestión con fines de lucro. Por ejemplo, Hofstede Insights, siguiendo el trabajo del psicólogo social holandés Geert Hofstede, ha mercantilizado efectivamente el nacionalismo al aconsejar a sus clientes cómo navegar por las culturas de países específicos.

Un corolario importante de la literatura sobre “cultura nacional” es la literatura sobre instituciones nacionales, y particularmente sobre “variedades de capitalismo”. La implicación es que el capitalismo, como práctica, difiere según las configuraciones institucionales de los Estados-nación. Y, sin embargo, una vez más, todo el ámbito académico cae en la trampa del nacionalismo metodológico. Simplemente se supone la existencia de una coherencia nacional, a pesar del hecho de que muchas sociedades separadas pueden y existen dentro de un Estado-nación.

Cualquiera que estudie la literatura académica hoy en día encontrará estudios centrados en prácticas organizacionales específicas y sistemas económicos dentro de diferentes países africanos. Cada uno está orientado a explicar un país a través de la lente de la cultura e instituciones “nacionales”, y por lo tanto da por sentado las fronteras coloniales. Sin embargo, tomando en cuenta que esas fronteras a menudo estaban mal trazadas y se basaban en prioridades e intereses externos, se debe cuestionar la confiabilidad de tales hallazgos.

Al fin de cuentas, los países africanos no son homogéneos. Los académicos interesados ​​en el continente deben pensar más críticamente sobre las culturas e instituciones africanas, y sobre las delimitaciones étnicas tradicionales que son anteriores a las fronteras y los arreglos políticos actuales. Un enfoque más cuidadosamente elaborado probablemente arrojaría nuevas y valiosas ideas sobre las dificultades de gobernanza, liderazgo y gestión a lo largo y ancho de todo el continente. Puede que no sea tan fácil como la metodología actual, pero los eruditos africanos y eruditos que estudian África deberían reconocerla como una iniciativa a la que vale la pena dedicarse.

Traducción del inglés al español: Rocío L. Barrientos

https://prosyn.org/bvAnbcFes;