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buiter9_Luciana GuerraPA Images via Getty Images_ftsestockmarketuk Luciana Guerra/PA Images via Getty Images

La riqueza de las naciones ante una crisis sanitaria

NUEVA YORK – Aunque el impacto de la COVID‑19 sobre la economía global todavía es muy incierto, puede ser desastroso. El 5 de marzo, la Organización Mundial de la Salud había identificado 85 países y territorios con casos activos de COVID‑19 (un aumento respecto de los 50 países de la semana previa). En todo el mundo se han informado más de 100 000 casos y 3800 muertes, y es casi seguro que estas cifras no expresan la total magnitud del brote.

Para comprender de qué manera la epidemia puede causar una recesión mundial (o algo peor), basta remitirnos a La riqueza de las naciones (Adam Smith), libro I, capítulo 3: «La división del trabajo está limitada por la extensión del mercado». Es evidente que la pandemia puede causar un shock de oferta negativo, si la cantidad de mano de obra disponible se redujera rápidamente debido al contagio (o la muerte) de personas en edad de trabajar. Peor aún, el pánico al contagio puede interrumpir cadenas de suministro cruciales. Los medios ya están muy atentos a cadenas de suministro transfronterizas en las que participan China, Corea del Sur y otros países que están en la primera línea de la epidemia; pero estos nodos, vinculados con empresas de todo el mundo, sólo son la punta del iceberg.

Además, el coronavirus también pone en riesgo las cadenas de suministro locales. Con su difusión aumentará la interrupción de conexiones entre compradores y vendedores (intermedios y finales). Sobre todo, la «extensión del mercado» se reducirá, y los beneficios de la división del trabajo (uno de los principales motores de la «riqueza de las naciones») serán cada vez menos, ya que se necesitarán más recursos para producir internamente lo que antes se importaba más barato de otros países. Un regreso, incluso transitorio, a la producción de subsistencia o a la autarquía supone un enorme perjuicio económico.

El 3 de marzo, el gobierno británico publicó un «plan de acción» que parece contener una estrategia razonablemente coherente para seguir los consejos de Smith y al mismo tiempo encarar la crisis de salud pública. Los autores proponen una respuesta secuencial en cuatro etapas: contener, demorar, investigar, mitigar. Pero a juzgar por la difusión del coronavirus en China, Corea del Sur y otros países muy afectados, al Reino Unido ya se le pasó la oportunidad para contener el brote. Sólo el 4 de marzo, los casos de COVID‑19 en el país crecieron un 60%, y al día siguiente el virus se cobró la primera vida. Muchos de estos casos nuevos (incluida la paciente que murió) no son atribuibles a viajes al extranjero, lo que hace pensar que ya hay transmisión intracomunitaria.

Eso pone al RU en la fase de «demorar», donde la prioridad es identificar lo antes posible a las personas infectadas y aislarlas. En esto puede ser útil una mayor concientización de la opinión pública. El objetivo es ganar tiempo a la espera de que lleguen los meses más cálidos, o hasta la creación de una vacuna (fase de «investigación») y su distribución a gran escala.

En cuanto la epidemia haya echado raíces en el RU (y en otros países responsables de la mayor parte del PIB global), estaremos de lleno en la fase de «mitigación», donde la prioridad será proveer servicios esenciales y ayudar a las personas más vulnerables. En esta etapa, el peligro no es solamente un menor crecimiento del PIB real, sino el inicio de una reducción sustancial y persistente de la actividad económica como resultado de la interrupción de canales comerciales establecidos.

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En este escenario, el shock de oferta negativo inicial (smithiano) se agravará en poco tiempo por la aparición de shocks de demanda keynesianos. La pérdida de demanda agregada comenzará por las personas demasiado enfermas para trabajar o que por otros motivos estén impedidas de hacerlo, pero se amplificará por un aumento del ahorro precautorio motivado por la incertidumbre, sumado a una caída del gasto en capital. Peor aún, el nuevo clima de incertidumbre puede durar años, si el coronavirus llegara a convertirse en un problema recurrente.

Con tipos de interés que ya están por el piso, de poco servirá para mitigar esas condiciones económicas que los bancos centrales sigan recortando las tasas. Podría ocurrir que empresas normalmente viables corran riesgo de bancarrota, al ver sus órdenes de compra interrumpidas por semanas o meses. No bastará que bancos centrales, reguladores financieros y otras autoridades faciliten la provisión de crédito; también tendrán que incentivar (u obligar) a las entidades financieras para que conserven la solvencia de los deudores afectados por el coronavirus. Los balances de los bancos centrales ofrecen un medio para acudir en auxilio de las finanzas de corporaciones y hogares. Y aunque una intervención de esta naturaleza creará inevitablemente cierta cantidad de empresas zombi (las que hubieran fracasado incluso sin la epidemia), es mejor preocuparse de ese problema más adelante.

Por último, los gobiernos deben estar preparados para cubrir el gasto en salarios de trabajadores enfermos o en cuarentena. Y pueden apelar a medidas de estímulo fiscal convencionales (paquetes de gasto público y recorte impositivo bien diseñados) para resolver la escasez de demanda efectiva.

Las autoridades tienen las herramientas económicas que necesitan para minimizar el daño causado por el coronavirus. Pero es posible que ni siquiera esas medidas consigan ahorrarle a la economía global un escenario aciago, más parecido a una depresión que a una recesión.

Traducción: Esteban Flamini

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  1. op_twliu1_XinhuaXiao Yijiu via Getty Images_wuhancoronavirushospitaldoctor Xinhua/Xiao Yijiu via Getty Images
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