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El síndrome de victimización de China

Actualmente está en marcha una competición en la que se disputa el alma de China y en la que se enfrentan dos fuerzas poderosas y dos posiciones muy diferentes para con el mundo exterior de ese gigantesco país. El resultado tendrá importantes repercusiones con vistas a elucidar si China logrará llegar a ser una nación capaz de tener relaciones verdaderamente constructivas y duraderas con el mundo exterior.

Por una parte, la revolución económica de China ha contribuido a situarla en el mundo como potencia comercial, como Estado poderoso, pero más responsable, e incluso como presencia militar tranquilizadora. Por otra, China sigue atrapada en un pasado y una mentalidad inmersa en una sensación de victimización, que le infunde la tentación de exportar la culpa por sus problema internos.

Lo que hay que preguntarse sobre todo es si podrá China liberarse de ese antiguo síndrome psicológico -que la mantuvo durante todo el siglo XX ensimismada con sentimientos enfermizos de debilidad, inseguridad y humillación- y si se dejará guiar por una nueva idea del mundo y de los antiguos enemigos.

Las manifestaciones antijaponesas son un síntoma del antiguo síndrome, alimentado por agravios que se remontan a una época en que China fue efectivamente agraviada y humillada. En vista de la influencia económica cada vez mayor, el aumento del nivel de vida y su posición cada vez más respetada en el mundo de ese país, es de esperar que los chinos y sus dirigentes encuentren una forma de olvidar el pasado. Sin embargo, pese a que el brillo del “milagro chino” deslumbra al mundo, los chinos no están dispuestos a renunciar a sus obscuros sentimientos de victimización.