Skip to main content

patten106_GettyImages_blackgreybigbensadstatue Getty Images

¿Se está volviendo el Reino Unido un estado fallido?

LONDRES – ¿Qué es un estado fallido? Si me lo hubieran preguntado hace algún tiempo, cuando era ministro de Desarrollo de Ultramar del Reino Unido, y más tarde comisario europeo para Asuntos Exteriores, es probable que hubiera tratado de responder dando ejemplos concretos, entre ellos varios países en América Latina y África.

Hubiera hablado de conflictos tribales, de golpes militares, de fracasos económicos, de pobreza extrema y de altas tasas de mortalidad. Quizá me hubiera referido al hecho de que sociedades más prósperas no hayan garantizado que la globalización beneficiara a todos y no dejara algunas comunidades atrapadas en la privación. Además, sin duda hubiera hablado de aquellos sistemas de gobierno que dejaron de cumplir la función que tenían prevista, la que observadores externos bienintencionados esperaban y suponían que cumplieran.

Según estos últimos criterios, ya no hace falta viajar a América Latina o África para encontrar ejemplos de fracaso. De hecho, muchos en el RU tememos que haya un fracaso cada vez más evidente dentro de nuestras mismas fronteras (que pronto estarán colapsadas después del Brexit) y en particular en la forma en que se gobierna nuestro país.

El sistema británico de gobierno, tan alabado en el pasado, se basa en la democracia parlamentaria y en las instituciones del pluralismo que comúnmente se asocian con las sociedades abiertas.

Los votantes eligen parlamentarios que tienen ante sus electores la responsabilidad de aplicar su mejor juicio a las cuestiones políticas, no de hacer lo que les diga una presunta voluntad popular (el sistema preferido de déspotas y demagogos). Nuestro sistema le debe mucho más al filósofo y político conservador Edmund Burke que al escritor francés Jean-Jacques Rousseau. Siempre hemos preferido la cautela, el acuerdo y la evolución a la agitación y a la convocatoria a pasiones públicas pasajeras.

Los partidos de la mayoría de los parlamentarios representan diferentes vertientes de opinión. Pero en general, su debate siempre se basó en el supuesto de una firme relación entre las posturas que se defienden y la evidencia. Es decir, aunque los hechos se pudieran interpretar de maneras diferentes, no se los negaba por el mero hecho de contradecir una postura ideológica. El dogmatismo y la democracia no se llevan bien. Por supuesto que la opinión experta puede ser materia de discusión, pero hasta ahora, jamás se había considerado que la apelación a la experiencia fuera un medio del aparato gobernante para engañar y confundir a la gente en pos de objetivos propios.

Subscribe now
ps subscription image no tote bag no discount

Subscribe now

Get unlimited access to OnPoint, the Big Picture, and the entire PS archive of more than 14,000 commentaries, plus our annual magazine, for less than $2 a week.

SUBSCRIBE

En Gran Bretaña, el gobierno históricamente ha rendido cuentas ante el parlamento, cuyas opiniones y convenciones debe respetar. Y la existencia de un sistema judicial separado e independiente garantiza el estado de derecho, al que todos (ministros incluidos) están sujetos.

Así condujo Gran Bretaña sus asuntos nacionales: evitó el extremismo político, buscó un equilibrio entre la izquierda y la derecha, manejó los cambios durante décadas en la paz y en la guerra, y transicionó de ser una potencia imperial a ser un país europeo mediano. Lo hicimos sin entregar ni atenuar nuestros valores, y así nos ganamos la aprobación y el elogio del mundo.

Lamentablemente, hoy las cosas se ven muy diferentes.

El RU tiene menos activistas políticos como proporción de su electorado que la mayoría de los otros países europeos. Pero en los últimos tiempos, esos activistas y otras figuras sectarias han obtenido un control cada vez mayor de las políticas de sus partidos y de la elección de sus líderes.

Es así que el liderazgo del Partido Laborista ahora está en manos de Jeremy Corbyn, un socialista de extrema izquierda a la vieja usanza. Y 90 000 miembros del Partido Conservador, cuyas ideas se han vuelto más extremas a la par que han menguado sus filas, eligieron hace poco a Boris Johnson como nuevo líder, y por consiguiente, como nuevo primer ministro del país.

Eligieron al hacerlo a un oportunista mentiroso. No es exagerado decir que Johnson llegó donde está a fuerza de mentiras, primero como periodista y después en la política. Debe su influencia al auge de xenofobia y nacionalismo inglés que muchos conservadores ahora defienden. Johnson es primer ministro porque prometió concretar el Brexit a fines de octubre, y aseguró imprudentemente al mundo que sacará al RU de la Unión Europea con o sin acuerdo y cualesquiera sean las consecuencias.

Johnson designó un gobierno de nacionalistas antieuropeos de ideas similares. A su asesor principal, Dominic Cummings, el ex primer ministro británico (2010‑2016) David Cameron lo describió como un “psicópata de carrera”. Cummings es, junto con Johnson, la figura más poderosa del nuevo gobierno; un alborotador al que nadie eligió y al que este año la comisión de privilegios de la Cámara de los Comunes declaró en desacato parlamentario. No deja de ser coherente (aunque lamentable) que ahora sea el arquitecto de nuestra salida de la UE con o sin aprobación parlamentaria.

Además, el gobierno está tramando ganar una elección, todavía no anunciada, con una campaña basada en la idea de enfrentar “al pueblo contra los políticos”. A los que se opongan a abandonar por las malas la UE sin acuerdo se los calificará de oponentes de la soberanía popular. Adiós democracia parlamentaria.

El gobierno de Johnson esconde la verdad sobre las consecuencias de un Brexit sin acuerdo, y califica cualquier intento de exponerla como parte de una “campaña de miedo”. Se culpa a la UE por el fracaso de las negociaciones, aunque se debió casi totalmente a decisiones que tomó el gobierno británico anterior. Para colmo, se le dice a la opinión pública que si el RU puede convencer a la UE de que está dispuesto a salir del bloque a cualquier costo, entonces Francia, Alemania y otros países se rendirán y cederán a nuestras demandas. Pero a largo plazo, un Brexit sin acuerdo perjudicará infinitamente más al RU que a la UE.

Johnson y Cummings están dispuestos a usar todos los métodos que funcionaron en la campaña del referendo por el Brexit en 2016, cuando se le aseguró a la población británica que de ninguna manera nos iríamos de la UE sin acuerdo. Ahora llueven promesas de aumento del gasto público desde un Tesoro que pronto se encontrará escaso de recursos. El valor de la libra está en caída, la inflación aumentó en julio, y la inversión de las empresas está estancada. Ya no se aclaman los presuntos beneficios de salir de la UE, con la excepción de un prometido acuerdo de comercio con el presidente estadounidense Donald Trump que sería casi tan inaceptable para el Congreso de los Estados Unidos como para la opinión pública británica. Encima, el gobierno omite totalmente el hecho de que una salida sin acuerdo iría seguida inevitablemente de largas negociaciones con la UE.

Peor aún, un riesgo creciente se cierne sobre el futuro de la Unión de Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte. El gobierno no quiere entender que si el RU abandona la unión aduanera europea, la frontera resultante entre la República de Irlanda e Irlanda del Norte pondrá en peligro el Acuerdo de Belfast (1998), que trajo más de veinte años de paz a la isla de Irlanda.

¿Son estas las acciones de un estado exitoso? Los que nos hacemos esa pregunta nos arriesgamos a que se nos llame “enemigos del pueblo”. Pero estamos en buena compañía: es lo mismo que dijeron los brexiteros de tres altos jueces británicos que afirmaron el principio de soberanía parlamentaria en el proceso del Brexit.

El Brexit está cada vez más cerca, y las instituciones y perspectivas económicas del RU, su constitución y su futuro están en riesgo. Pero el temerario descenso a un abismo de engaños y mentiras no se detiene.

Traducción: Esteban Flamini

https://prosyn.org/uQQxFAw/es;
  1. campanella17_Ryan AshcroftSOPA ImagesLightRocket via Getty Images_englihs Ryan Ashcroft/SOPA Images/LightRocket via Getty Images

    Back to Little England?

    Edoardo Campanella

    The United Kingdom's bid to withdraw from the European Union is typically characterized as a dramatic manifestation of British nationalism. In fact, it has almost nothing to do with Britain, and everything to do with English national identity, which has been wandering in the wilderness ever since the fall of Pax Britannica.

    1

Cookies and Privacy

We use cookies to improve your experience on our website. To find out more, read our updated Cookie policy, Privacy policy and Terms & Conditions