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¿Un FMI que podamos querer?

CAMBRIDGE – Qué diferencia ha significado la crisis para el Fondo Monetario Internacional. Apenas unos meses atrás esta importante pero poco querida institución, símbolo de los acuerdos económicos globales de post-guerra, parecía destinada a la irrelevancia.

Por largo tiempo el FMI ha sido una cabeza de turco tanto para la izquierda como la derecha, la primera por el énfasis del Fondo en la rectitud fiscal y la ortodoxia económica, y la otra por su papel en el rescate financiero de las naciones endeudadas. Las naciones en desarrollo siguieron sus consejos a regañadientes, mientras que las naciones avanzadas, que no necesitaban el dinero, no les prestaban la menor atención. En un mundo en que los flujos de capitales privados empequeñecían los recursos a su disposición, el FMI había llegado a parecer un anacronismo.

Y, cuando algunos de los mayores deudores del FMI (Brasil y Argentina) comenzaron a prepagar sus deudas hace unos años sin que hubiese nuevos deudores a la vista, era como si le hubieran puesto el último clavo al ataúd. El FMI parecía condenado a que sus ingresos se acabaran, además de perder su razón de ser. Redujo sus presupuestos y comenzó a aminorar su tamaño, y si bien se le atribuyeron nuevas responsabilidades en el intertanto -vigilancia de la "manipulación del tipo de cambio", en particular-, sus deliberaciones demostraron ser en gran medida irrelevantes.

Sin embargo, la crisis ha fortalecido al FMI. Bajo su capaz director ejecutivo, Dominique Strauss-Kahn, el Fondo ha sido una de las pocas entidades oficiales que se ha mantenido por delante de la curva. Hizo raudamente lo necesario para crear una línea de crédito de emergencia con desembolso rápido para aquellos países que tuviesen políticas “razonables”. Lideró la promoción de un estímulo fiscal global del orden de un 2% del PGB mundial, lo que es todavía más destacable si se considera su tradicional conservadurismo en cuanto a asuntos fiscales.  Y, con anterioridad a la cumbre del G-20 en Londres, replanteó profundamente sus políticas para la otorgación de préstamos, restando énfasis a su condicionalidad tradicional y facilitando el proceso para que los países opten a préstamos.