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Un veneno duradero

NUEVA YORK – El año que viene  se celebrará el vigésimo aniversario del desplome del comunismo en Europa. Los jóvenes de la generación poscomunista de la Europa oriental, liberados de la complejidad de saber demasiado sobre el pasado cruel, no parecen interesarse por lo que sus padres y abuelos padecieron.

Sin embargo, la reciente revelación de la supuesta complicidad del escritor checo Milan Kundera con el estalinismo es simplemente la última del largo período medio de vida de un pasado tóxico. Recordamos otros ejemplos: las acusaciones de colaboración con la policía secreta lanzadas contra Lech Walesa, las controversias públicas en Rumania sobre el pasado fascista de Mircea Eliade y los ataques sobre el supuesto “monopolio judío del sufrimiento”, que equiparan el Holocausto con el Gulag soviético.

Friedrich Nietzsche dijo que, si miras a los ojos al Demonio durante demasiado tiempo, corres el riesgo de convertirte en demonio, a tu vez. Un anticomunismo bolchevique, similar en su dogmatismo al propio comunismo, se ha desmadrado de vez en cuando en algunas partes de la Europa oriental. En un país tras otro, simplemente se rehizo esa mentalidad maniquea, con sus enormes simplificaciones y sus manipulaciones, al servicio de los nuevos ocupantes del poder.

Naturalmente, en ello no ha dejado de haber oportunismo. En 1945, cuando el Ejército Rojo ocupó Rumania, el Partido Comunista no tenía más de 1.000 miembros; en 1989, tenía casi cuatro millones. Un día después de la ejecución de Nicolae Ceausescu, la mayoría de esas personas se convirtieron repentinamente en feroces anticomunistas y víctimas del sistema al que habían prestado servicio durante decenios.