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El mundo de ensueño de China

CLAREMONT, CALIFORNIA – Las élites gobernantes en casi todas partes – ya sea las de los gobiernos democráticos o de los regímenes autoritarios – creen que los eslóganes ingeniosos pueden inspirar a sus pueblos y legitimar su poder. Existen, por supuesto, diferencias cruciales. En las democracias funcionales, se puede responsabilizar a los líderes gubernamentales de las promesas que formulan: la prensa puede examinar sus políticas, se motiva a los partidos de oposición a que demuestren que el partido en el poder miente y hace trampas. Como resultado de ello, los titulares en los cargos se ven frecuentemente forzados a concretar al menos algunas de sus promesas.

Los gobernantes autocráticos, por el contrario, no se enfrentan a tales presiones. La censura de la prensa, la represión de la disidencia y la ausencia de una oposición organizada permite que los gobernantes se den el lujo de prometer lo que sea que deseen, sin sufrir consecuencias políticas por incumplir dichas promesas. El resultado es un gobierno de los formuladores de eslóganes, administrado por los formuladores de eslóganes y para los formuladores de eslóganes.

En la última década China parece haber perfeccionado esta forma de gobierno. El gobernante Partido Comunista Chino (PCCh), en respuesta a la creciente demanda de justicia social por parte del público, ha ideado numerosos eslóganes, como por ejemplo “gobernar para el pueblo”, “construir una sociedad armoniosa”, “desarrollo equilibrado”, “desarrollo científico”, y así sucesivamente.

Cada vez que la alta dirigencia de Pekín lanza tales eslóganes, estos se convierten en el grito de guerra de la burocracia. La masiva maquinaria de propaganda del partido se pone a toda marcha y cubre totalmente al país con un bombardeo publicitario que haría que la campaña publicitaria más extravagante en la Avenida Madison de Nueva York se asemeje a un juego de niños.