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El prolongado misterio de las bajas tasas de interés

CAMBRIDGE.– Mientras los encargados de formular las políticas y los inversores se preocupan por los riesgos que implican los ultrabajos niveles actuales de las tasas de interés en el mundo, los economistas académicos continúan debatiendo sobre las causas subyacentes. A esta altura, todos aceptan alguna versión de la declaración en 2005 del presidente de la Reserva Federal de EE. UU., Ben Bernanke, quien afirmó que la raíz del problema está en la «superabundancia mundial de ahorro». Pero los economistas no se ponen de acuerdo sobre el porqué de la superabundancia, sobre cuánto durará y, especialmente, sobre si es algo bueno.

La declaración original de Bernanke enfatizó varios factores –algunos que reducían la demanda de ahorro en el mundo y otros que aumentaban la oferta. En cualquiera de esos casos, las tasas de interés tendrían que caer para equilibrar los mercados de bonos. Bernanke señaló que la crisis financiera asiática de fines de la década de 1990 causó el colapso de la voraz demanda de inversión en la región, induciendo simultáneamente el acopio de activos líquidos por los gobiernos asiáticos como cobertura contra otra crisis. También señaló el aumento en el ahorro jubilatorio por las poblaciones envejecidas en Alemania y Japón, así como los ahorros en países exportadores de petróleo, con sus poblaciones en rápido crecimientos y preocupaciones por los ingresos provenientes del petróleo en el largo plazo.

La política monetaria, por cierto, no fue parte prominente del diagnóstico de Bernanke. Como la mayoría de los economistas, él cree que si quienes están a cargo de las políticas intentan mantener las tasas de interés en niveles artificialmente bajos durante demasiado tiempo, la demanda eventualmente se disparará y aumentará la inflación. Por lo tanto, si la inflación es baja y estable, no se puede culpar a los bancos centrales por las bajas tasas de largo plazo.

De hecho, sospecho profundamente que en una encuesta a los inversores sobre las causas de las bajas tasas de interés de largo plazo en el mundo, la política monetaria se ubicaría en el primer lugar de la lista, en vez de estar ausente de ella. Que tantos inversores compartan esta perspectiva debiera hacernos pensar dos veces antes de absolver a la política monetaria de toda responsabilidad. Sin embargo, comparto el instinto de Bernanke en cuanto a que, si bien los bancos centrales fijan las tasas de interés de muy corto plazo, prácticamente no influyen sobre las tasas reales (ajustadas por inflación), más allá de un efecto modesto a través de sus políticas de gestión de carteras (por ejemplo, la «flexibilización cuantitativa»).