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Egipto, ¿Estado fallido?

EL CAIRO – Los agraviados partidarios del derrocado Presidente de Egipto Mohamed Morsi y los jubilosos manifestantes que incitaron al ejército a destituirlo han dividido a Egipto en dos bandos irreconciliables, que reflejan y refuerzan los profundos problemas del país. De hecho, Egipto es ahora un país en gran medida ingobernable y que subsiste con generosos donativos extranjeros.

Morsi nunca comprendió que su situación era endeble. Aunque fue elegido democráticamente, optó por gobernar ademocráticamente. Tenía la intención de purgar la judicatura y la Fiscalía General con el argumento de que estaban alineados con los manifestantes que se oponían a su gobierno y a los militares que lo apoyaban y que habían sido derrocados en 2011. Morsi no admitió la oposición a su propósito de sacar adelante un polémico proyecto de constitución. Con ello, desatendió los problemas estructurales que impulsaron a una sociedad dócil a salir en masa a las calles hace dos años y medio para derribar a su predecesor, Hosni Mubarak.

Tan perjudicial como el estilo de gobierno de Morsi fue la mentalidad de los Hermanos Musulmanes, que los impulsaba a ir por libre. Decenios de persecución han inculcado a sus dirigentes la creencia de que el mundo está alineado contra ellos. La asunción del poder no hizo sino alimentar su paranoia.

Los dirigentes de los Hermanos Musulmanes creían que los Estados Unidos y la minoría dirigente de Egipto tenían la intención de hacerlos fracasar. Por esa razón, se negaron a tender la mano a sus oponentes laicos para ofrecerles un trozo de la tarta política. Ni siquiera invitaron a los miembros del partido islamista y más puritano Nour a participar en el gobierno.