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Vladimir Putin, segunda parte

Las opiniones sobre Vladimir Putin son de lo más diversas. En Occidente, se lo considera un "autoritario", un "autócrata", un "dictador" incluso, mientras que en Rusia una enorme mayoría lo considera el más "democrático" de los dirigentes, basándose en que ha hecho más que sus predecesores para mejorar la suerte de las personas comunes y corrientes, pero en un aspecto coinciden los dos bandos: Putin se propone permanecer en el poder indefinidamente.

Esa conclusión se debe a la reciente declaración de Putin de que podría pasar a ser Primer Ministro, después de abandonar la presidencia el próximo mes de mayo, pero, independientemente de lo que haga, su influencia personal y la orientación estratégica que ha dado a Rusia seguirán predominando en los años futuros.

En vista de esa realidad, lo que ahora importa es cómo funcionará ese "sistema Putin", que dependerá de los marcos y los usos institucionales. Lo que está en juego tanto para Rusia como para el mundo son la estabilidad y la legitimidad y, por tanto, las perspectivas de una constante modernización económica y política.

La legitimidad y la estabilidad son inseparables en la práctica, porque mantener la estabilidad sin legitimidad requeriría en última instancia una represión del estilo de la que hubo en Tiananmen, pero eso es algo que se puede descartar en la Rusia actual, porque los instrumentos para su aplicación –en particular, un ejército que obedeciera las órdenes de segar la vida de la gente en las calles– no existen.