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La justicia de los vencedores, al estilo iraquí

Saddam Hussein está muerto, pero no todos los iraquíes lo celebran. Por el contrario, la manera en la que los diversos grupos religiosos y étnicos en Irak respondieron a su ejecución es emblemática de la dificultad que implica mantener unido a Irak como una entidad coherente.

Para la mayoría chiíta, brutalmente oprimida durante mucho tiempo por Saddam y todos los regímenes iraquíes anteriores dominados por los sunitas, la muerte de Saddam simboliza su conquista de hegemonía política. Es más, su regocijo triunfalista es un cruel recordatorio de que cuando los oprimidos se liberan, fácilmente pueden convertirse en opresores.

Para la minoría sunita, expulsada del poder por la invasión norteamericana y que desahoga su frustración con ataques diarios contra la población chiíta y sus sitios sagrados, Saddam seguirá siendo un héroe por mucho tiempo. Los kurdos -que, como los chiítas, fueron víctimas de Saddam durante décadas- se aferran silenciosamente a su independencia de facto en el norte, asegurándose de que nunca más vivirán bajo un régimen árabe.

El primer ministro iraquí, Nuri el-Maliki, que representa a la gobernante coalición kurdo-chiíta, manifestó la esperanza de que el fin del dictador ayude a curar las divisiones sectarias. Pero, por más sinceras que puedan sonar sus palabras, la realidad está avanzando en la dirección contraria y, de hecho, los desagradables intercambios verbales alrededor de la ejecución misma poco ayudarán a disipar la noción de que ésta fue la "justicia de los vencedores" -siendo los vencedores los chiítas y no Estados Unidos.