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Los republicanos que no están preparados para el momento culminante

WASHINGTON, DC – Poco después de que el Partido Republicano de los Estados Unidos arrollara a los demócratas y consiguiera el control del Senado en las pasadas elecciones al Congreso de mitad de período celebradas el pasado mes de noviembre, Mitch McConnell, el nuevo jefe de la mayoría en el Senado, hizo un llamamiento a sus colegas para que no “infundieran miedo”, sino que adoptaran una actitud “positiva” y eficaz. Ha resultado ser muy difícil.

La estrategia de McConnell es típicamente previsora. Sabe que, a fin de que los republicanos puedan recuperar la presidencia en 2016, deben demostrar su capacidad para gobernar de forma responsable. También reconoce que, de lo contrario, a los republicanos les resultaría mucho más difícil conservar el Senado en las próximas elecciones, en las que están en juego más escaños de los Estados pendulares. Además, sabe que la aprobación pública del Congreso ha bajado hasta el quince por ciento, más o menos, casi la más baja de la Historia.

Teniendo presentes esos datos, McConnell llegó a la conclusión de que seguir bloqueando las iniciativas del Presidente Barack Obama, como han hecho los republicanos durante los seis años anteriores, había dejado de ser conveniente. Así, pues, prometió que su partido intentaría lograr avenencias sobre algunas cuestiones y ofreció una promesa explícita de que no habría cierres de la Administración, como el muy impopular de 2013, y se propuso presentar a Obama como el “negativo” enviándole periódicamente proyectos de ley que se vería obligado a vetar.

Pero esa estrategia ha resultado difícil de ejecutar, en parte porque los conservadores más firmes, como, por ejemplo, el senador Ted Cruz, de Texas, y sus aliados pertenecientes al Tea Party, no se han dejado someter. En realidad, los candidatos del Tea Party que arrasaron en el Congreso en 2010 prometieron durante la campaña electoral que nunca aceptarían avenencias, ni siquiera, al parecer, cuando deban oponerse a los miembros de su propio partido, como, por ejemplo, el Presidente de la Cámara de Representantes, John Boehner, al que consideran demasiado propenso a aceptar el bipartidismo. Esa negativa a aceptar transacciones representaba un gran problema para el Partido Republicano.