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Los desestabilizadores Estados Unidos

LONDRES -- ¿Hay algo más que decir sobre Egipto? Hosni Mubarak ha sido sacrificado para salvar el régimen militar. Un “hombre fuerte” que no puede mantener el orden en las calles no es útil para nadie. Mucho más dudoso es que a continuación vaya a venir la “democracia.” A juzgar por lo sucedido en el Pakistán y en gran parte del resto del mundo musulmán, períodos de gobierno civil (corrupto) alternarán con golpes militares para “hacer limpieza”.

Dudo que la mayoría de los egipcios coloquen lo que nosotros llamamos democracia en el primer puesto de su programa político. Los periodistas que afirman lo contrario no son una muestra representativa, ni siquiera en los países occidentales. Son del género inquieto y revolotean por los puntos problemáticos del mundo, con la pluma y la cámara listas. Llevan la libertad de expresión en las entrañas; las protestas en masa les dan vida. Intentan transmitir el mundo tal como es, pero el suyo no es el mundo de la mayoría de la gente: su trabajo depende de la perturbación del estado de cosas “habitual”, por lo que subestiman sistemáticamente el deseo de ley y orden (o al menos orden) de la gente.

Parece que la mayoría de la gente tolera un grado limitado de represión política, incluidas la policía secreta, la tortura y la corrupción, si brinda seguridad y un mínimo de prosperidad y equidad. De lo contrario, no hay explicación para la longevidad de dictaduras como la que ha sido el gobierno de Mubarak durante treinta años. Asimismo, en el referéndum que en 1990 puso fin a los dieciséis años de su gobierno en Chile, el general Augusto Pinochet, con miles de víctimas de torturas y desapariciones en su espeluznante armario, se presentó con un programa de ley y orden y recibió el 44 por ciento de los votos.

Para la mayoría de los dirigentes occidentales, la idea de “transición a la democracia” es natural. Es lo que quieren que ocurra en Egipto, con la esperanza de que la democracia no ponga en peligro el tratado de paz de ese país con Israel, pero la combinación de libertad y orden de las democracias occidentales –el don más precioso que ha hecho Occidente al mundo– es el producto de una larga historia que no se puede reproducir a corto plazo.