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Los filósofos terrenales

John Maynard Keynes, quizás el más grande economista del siglo XX, dijo una vez que en el largo plazo, el curso de la historia se ve determinado tanto por las ideas y los intelectuales como por los políticos. No se refería a consejeros especiales ni a productores de programas de uso inmediato, ni a redactores de discursos para presidentes y primeros ministros. Ni tampoco a los comentadores de radio y televisión, ni a los gurús cuyos escritos sirven de música de fondo para la política. Se refería a los autores de ideas realmente seminales, como su propia noción de que cada cierto tiempo la intervención estatal debía acudir en socorro del capitalismo para manejar la demanda agregada.

Keynes, por supuesto, también nos recordó que en el largo plazo todos vamos a morir. Cuando su propia influencia tuvo más fuerza (en los años 50 y, sobre todo, en los 60) de hecho él ya había muerto. Otros, que habían inspirado (si esa es la palabra correcta) las amenazas totalitarias del siglo 20 también habían muerto hacía mucho cuando sus ideas se convirtieron en realidad. De modo que el efecto político de los intelectuales rara vez es inmediato. Debe esperar su oportunidad.

Esto se relaciona con otra característica de las grandes ideas que definen los periodos históricos: el hecho de que provienen de los márgenes de las ortodoxias predominantes. Cuando se producen y publican por primera vez, parecen casi irrelevantes y en todo caso fuera de sintonía con el espíritu de los tiempos.

Ocurrió así con el "Camino a la servidumbre" de Friedrich von Hayek y con "La sociedad abierta y sus enemigos"de Karl Popper, ambas publicadas al final de la Segunda Guerra Mundial. Su triunfo real ocurrió en 1989, cuando se derrumbó el comunismo y las nuevas sociedades que emergían necesitaban un lenguaje para expresar sus objetivos. No es una casualidad que estas obras hayan sido traducidas en esa época a casi todos los idiomas del este y el sudeste europeo.