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China y el sueño americano

PARÍS – Dentro de algunos años China puede convertirse en la principal potencia económica del mundo, y la importancia estratégica de los Estados Unidos puede estar decayendo (es verdad que hoy nadie habla de los Estados Unidos como la “hiperpotencia” mundial). Sin embargo, los Estados Unidos siguen haciendo soñar a las personas, y su influencia emocional en el mundo sigue siendo única.

En este sentido, la semana pasada se lograron dos victorias: no solo la de Barack Obama sobre el contrincante republicano, Mitt Romney, en las elecciones presidenciales, sino también la del sistema democrático de los Estados Unidos sobre el autoritarismo de un solo partido de China. En unas cuantas oraciones de su discurso de victoria –durante un instante mágico– Obama celebró “el misterio de la democracia” de una forma muy concreta pero también un tanto religiosa.

Obama encontró las palabras adecuadas para rendir tributo a la multitud de ciudadanos anónimos que fueron de puerta en puerta a convencer a sus compatriotas estadounidenses de votar por sus candidatos favoritos. Obama describía la democracia ideal, la más noble, como debería ser pero no siempre es el caso: mujeres y hombres que se movilizan libremente y que quieren y pueden cambiar el curso de su destino.

En ese momento, aunque breve, el poder suave de los Estados Unidos derrotó por nocaut al de China, que casi un día después, de forma solemne –y completamente opaca– inauguraba el decimoctavo Congreso del Partido Comunista chino. Millones de personas en todo el mundo preferirían experimentar una noche de elecciones como la de los Estados Unidos en lugar de formar parte de los planes de largo plazo de China.