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Los hijos nacientes del norte de África

LONDRES – El papel que jugó el hijo del líder libio Muammar al-Qaddafi, Saif al-Islam, a la hora de obtener la liberación del acusado del atentado de Lockerbie Abdelbaset Ali al-Megrahi, y la visita estatal a Washington del presidente egipcio, Hosni Mubarak, acompañado de su hijo, Gamal, sugieren que hay sucesiones dinásticas en marcha en ambos países.

No son los únicos. Mubarak y Qaddafi, junto con Zine el-Abidine Ben Ali de Túnez y Abdelaziz Bouteflika de Argelia, están entre los jefes de Estado más viejos del mundo, y los que más tiempo han estado en funciones. Los cuatro enfrentan el problema espinoso de la sucesión, y desde hace un tiempo cada vez se especula más con posibles intentos de mantener el poder en la familia.

Esa solución se está volviendo bastante común, desde los Aliyev en Azerbaiján y los Kim en Norcorea hasta los Assad en Siria. La sucesión dinástica salvaguarda los intereses inmediatos y frecuentemente extensivos de la familia gobernante así como los de la elite política y empresaria más amplia. Pero la posibilidad de sucesiones casi simultáneas en el norte de África no deja de ser asombrosa.

Los cuatro líderes norafricanos, en mayor o menor medida, se instituyeron como el centro de estructuras de poder altamente opacas. Todo en sus países depende de la persona y la familia más que del cargo. Sin embargo, a pesar de la manera aparentemente sólida en la que estos líderes autoritarios están aferrados al poder, asegurar que un pariente tome la posta no es tan sencillo como parece. El problema se reduce a superar una posible resistencia -tanto de la elite como de la población- que podría hacer descarrilar el traspaso o minar la autoridad del sucesor.