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La revolución de los mulás

El fiasco de las elecciones en el Irán confirmó, al parecer, a los reformistas iraníes una conclusión a la que decenas de millones de ciudadanos iraníes llegaron hace tiempo: el gobierno islámico del país, tal como es en la actualidad, es incorregible. Lo que está por ver es si los iraníes comunes y corrientes creen ahora que los reformadores son también irredimibles.

Desde la elección del Presidente Mohamed Jatamí por una mayoría abrumadora en 1997, los reformadores iraníes han intentado (en vano) cambiar el sistema desde dentro. Al principio los iraníes estaban esperanzados, pero, después de años de esperar inútilmente, se sintieron impacientes. Ahora están descorazonados.

Se criticó acertadamente a los reformistas por carecer de unidad y determinación, pero la verdad es que su mayor impedimento fue una falta de autoridad constitucional. El poder en el Irán está en manos de la capa dirigente conservadora y no elegida, a saber, el Dirigente Supremo Ayatolá Jamenei y los doce miembros del Consejo Islámico de Guardianes, que no tienen la menor intención de abandonarlo.

La exclusión por el Consejo de Guardianes de la participación de más de 2.000 candidatos, la mayoría reformistas, en las elecciones parlamentarias fue la gota que colmó el vaso. Los partidos reformistas boicotearon las votaciones. Pese a una frenética campaña de relaciones públicas por parte de los funcionarios del régimen, sólo participaron la mitad de las personas con derecho al voto. En Teherán, corazón y alma políticos del país, menos de una tercera parte del electorado acudió a votar.