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El profeta y los comisarios

MOSCÚ – Se dice que los profetas nunca reciben honores en su tierra. Sin embargo, Moscú ha sido testigo de la extraordinaria figura de Alexander Soljenitsin, el disidente que escribió Archipiélago Gulag y Un día en la vida de Ivan Denisovich y que en su momento sufrió el exilio, que ha recibido el equivalente a un funeral del estado, con el Primer Ministro Vladimir Putin como principal deudo.

Así, parece que incluso en la muerte Alexander Soljenitsin seguirá siendo una fuerza que se debe tener en cuenta. ¿Será una que se mantenga a tono con las visiones liberadoras de sus más grandes obras?

Lamentablemente, en Rusia el arte siempre se usa para reforzar el narcisismo en el poder. Soljenitsin fue utilizado de esta manera dos veces. La paradoja es que, en la era soviética, su arte se utilizó brevemente como fuerza de liberación, porque Nikita Kruschev permitió la publicación de Un día en la vida de Ivan Denisovich como una forma de sostener sus empeños antiestalinistas. Sin embargo, en la supuestamente libre y democrática Rusia de hoy, se idealiza a Soljenitsin por su nacionalismo y mesianismo ortodoxo, su desprecio hacia la supuesta decadencia de occidente, mensajes todos que el régimen de Putin proclama todos los días a viva voz.

La vieja iconografía soviética se ha derrumbado por completo; a pesar de los heroicos esfuerzos, ni siquiera Putin podría reponer a Lenin, Stalin y al viejo panteón soviético. Sin embargo, el Kremlin comprende que se necesita algo para reemplazarlos, a medida que Rusia se adapta a su nueva autocracia alimentada por el petróleo. Parece cierto que Soljenitsin, uno de los más famosos y heroicos disidentes de la era soviética, se convertirá en una figura importante de la iconografía del putinismo.