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El poder para poner fin a la pobreza

NUEVA YORK - Habiendo crecido durante la Guerra de Corea, conocí la pobreza de primera mano. La veía a mi alrededor todos los días: la viví. Uno de mis primeros recuerdos es caminar por un sendero de lodo hacia las montañas para escapar de los combates, nuestra aldea en llamas a mis espaldas y la incertidumbre que los nos ocurriría a familia y a mí.

La respuesta vino de las Naciones Unidas y otros organismos internacionales. Con la ayuda de muchos países y amigos, mi país fue capaz de volver a ponerse de pie y seguir adelante tras aquel conflicto terrible y devastador. Gracias a décadas de duro trabajo y el sacrificio de millones de coreanos, la República de Corea pasó de una gran pobreza a la prosperidad en menos de medio siglo.

Como Secretario General de la ONU, todavía estoy viviendo esa historia. Todos los días trabajo para ayudar a poner fin a la extrema pobreza que atrapa a casi mil millones de personas en el mundo.

Podéis imaginar entonces los intensos recuerdos que se me vinieron a la mente al visitar la Aldea del Milenio Mwandama en el profundamente empobrecido país surafricano de Malawi. Al igual que en mi juventud, presencié una vez más los retos y las dificultades de la pobreza rural. Sin embargo, también volví a ver el poder del espíritu de comunidad para superarla; el mismo sentido de solidaridad y determinación que puso en marcha la modernización rural de Corea hace cinco décadas.