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El limitado efecto de Palin

LONDRES – El senador John McCain es un auténtico héroe americano. Fue un aviador valiente, con una excelente ejecutoria en la guerra. A diferencia de los llamados “halcones-gallina”, que eludieron el servicio en la guerra del Vietnam, pero se apresuraron a enviar a jóvenes americanos a combatir en el Iraq, la vida de McCain no desentona con sus posiciones políticas. En el Senado, si bien ha apoyado la guerra preferida del presidente Bush en el Iraq, ha estado dispuesto a defender su juicio independiente sobre cuestiones como, por ejemplo, la reforma de la financiación de las campañas electorales y el cambio climático.

Por eso, cuando, como candidato a la presidencia, McCain dijo que, si resultaba elegido, procuraría colaborar con los demócratas y los independientes y que intentaría conseguir consensos, no resultó difícil creerlo. Al fin y al cabo, así fue exactamente su actuación como senador. Parecía que existían todas las posibilidades de que adoptara esa actitud a la hora de elegir a su compañero de candidatura. Su amigo el senador Joseph Lieberman, antiguo demócrata y halcón respecto de la guerra del Iraq, parecía la opción más probable.

Ya sabemos lo que ocurrió. Cuando su campaña parecía haber llegado a un punto muerto, McCain recurrió muy derecho... a los fundamentalistas de derechas de su partido. La gobernadora Sarah Palin hizo su aparición en el escenario nacional disparando balas retóricas.

Independientemente de lo que se opine sobre las posiciones de la gobernadora, nadie podría considerar la elección de esa “mamá común y corriente” de Alaska una audaz apuesta por el consenso. Fue elegida –por decirlo en la jerga de los comentaristas– para “activar” a la base del partido,  que comprende a intransigentes recelosos de la falta de entusiasmo de McCain por las causas que los enardecen, como, por ejemplo, el creacionismo y la prohibición del aborto.