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El dolor sin ganancia de Europa

VITORIA-GASTEIZ – En una reciente entrevista, el presidente francés François Hollande dijo algo de crucial importancia, pero que frecuentemente se olvida: puntualizó que existen límites al nivel de sacrificio que se puede exigir a los ciudadanos de los países del sur de Europa que atraviesan problemas financieros. Para evitar convertir a Grecia, Portugal y España en “reformatorios” colectivos, razonó Hollande, las personas necesitan esperanza más allá del horizonte de recortes de gastos y medidas de austeridad que cada vez se extienden más.

Incluso el conocimiento más elemental de la psicología apoya la evaluación de Hollande. Es poco probable que se logren las metas a través de refuerzos negativos y gratificaciones diferidas a menos que se perciba una luz al final del túnel – una recompensa en el futuro por los sacrificios de hoy.

El pesimismo del público en el sur de Europa es en gran parte atribuible a la ausencia de tal recompensa. A medida que la confianza de los consumidores declina y el poder adquisitivo de los hogares profundiza la recesión, los pronósticos sobre cuándo la crisis llegará a su fin se alejan en el tiempo de manera repetitiva, y los que sufren los embates de la austeridad están perdiendo la esperanza.

A lo largo de la historia, el concepto de sacrificio ha fusionado la teología con la economía. En el mundo antiguo, las personas hacían ofrendas, a menudo sangrientas, a las divinidades; dirigían sus ofrendas a quienes ellos creían que les recompensarían con, por ejemplo, buenas cosechas o protección del mal. El cristianismo, con su creencia de que Dios (o el Hijo de Dios) se sacrificó para expiar los pecados de la humanidad, invierte la economía tradicional de sacrificio. En este caso, el sufrimiento divino sirve como ejemplo de la humildad desinteresada con la cual las desgracias terrenales se deben soportar.