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Las Grandiosas Ilusiones

Los políticos son a menudo acusados de prometer lo que no puede cumplirse. En Argentina, los economistas le vendieron a los políticos dos sueños que no podían volverse realidad. Su falla hundió al país en la crisis política y financiera más profunda que haya tenido en décadas. El presidente Fernando de la Rúa perdió su puesto por disturbios que dejaron 29 muertos. Los ciudadanos, al enfrentarse a salarios no pagados, a cuentas bancarias congeladas y a un desempleo del 20%, están sufriendo las consecuencias de dos grandiosas ilusiones económicas.

La primera de ellas se relacionaba con los supuestos poderes de restauración de un consejo monetario. Llamémosle la ilusión de la varita mágica . Cuando en 1991 Argentina fijó el peso al dólar e impidió que su banco central imprimiera pesos libremente, el mundo le aplaudió, y con razón. La nueva política terminó con décadas de alta inflación y libertinaje monetario. Pero el consejo monetario no era sólo un sistema monetario, también era una estrategia de reforma. Ese exceso fue el inicio del desmoronamiento de Argentina.

El país no había realizado una reforma con anterioridad -esa era la teoría- porque no la había necesitado. Si los sindicatos presionaban para incrementar los salarios demasiado, una devaluación resolvería el problema; si los gobiernos provinciales gastaban un poco de más, una rápida emisión de pesos salvaría el día. La inflación era el aceite que mantenía andando los engranes de la política argentina.

Controlen bien el espiche del peso -aconsejaban los economistas- y la política se arreglará sola. Sin un colchón inflacionario los mercados laborales tendrían que ser modernizados y los salarios en pesos caerían hasta el punto en el que el país podría competir internacionalmente. La política fiscal también sería enderezada porque el banco central ya no sería el acreedor de último recurso. Los bancos y las corporaciones locales ya nunca más obtendrían crédito en exceso, a sabiendas de que no habría una red de seguridad para salvarlos de la caída. Incluso a los políticos les gustaba esta teoría, pues podrían culpar a la camisa de fuerza monetaria de algunas de sus promesas no cumplidas.