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La retirada holandesa

AMSTERDAM – El ejército holandés ha estado actuando como parte de la OTAN en una zona remota y levantisca del Afganistán desde 2006. La lucha con los talibanes ha sido a veces muy enconada. De unos 1.800 hombres y mujeres holandeses, veintiuno han perdido la vida.

Los holandeses habían de ser relevados por tropas de otro país miembro de la OTAN en 2008. Nadie se ofreció a hacerlo, por lo que se prorrogó su misión otros dos años, pero ahora los socialdemócratas del gobierno holandés de coalición han declarado que ya basta. Las tropas holandesas deberán regresar a casa. Como los cristianodemócratas no están de acuerdo, el Gobierno ha caído.

Se trata de algo muy problemático para el Presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, que necesita toda la ayuda que pueda conseguir en el Afganistán, incluso de aliados pequeños, aunque sólo sea por razones políticas. Para muchos americanos, en particular los de orientación neoconservadora, el comportamiento holandés podría confirmar todas sus sospechas sobre los pérfidos europeos, adictos a las comodidades materiales, mientras permanecen infantilmente dependientes de la protección militar de los EE.UU. Según sostienen, cuando la cosa se pone fea, los europeos se retiran.

Es cierto que dos guerras horrendas acabaron con el encanto de la guerra para los europeos (el caso de Gran Bretaña es ligeramente distinto). Los alemanes, en particular, no tienen ánimos para la agresión militar, a lo que se debe su renuencia a desempeñar otra cosa que simples tareas de policía en el Afganistán. Como no olvidan Ypres, Varsovia o Stalingrado, por no hablar de Auschwitz y Treblinka, muchos aprueban esa actitud. Aun así, hay veces en que el pacifismo, incluso en Alemania, es una respuesta inadecuada a una amenaza grave.