El dragón y el oso

Las segundas lunas de miel rara vez, si es que logran hacerlo, recuperan la pasión del amor ya ido. Y, sin embargo, desde el colapso de la Unión Soviética en 1991, Rusia y China han buscado revigorizar las estrechas relaciones que supuestamente existieron entre la URSS y la China de Mao antes de la denuncia de Stalin por parte de Kruschev en 1956. Pero ese renovado matrimonio sino-ruso siempre pareció más motivado por la conveniencia -orientado a servir de contrapeso a la hegemonía estadounidense- que por un amor verdadero. Ahora la invasión de Rusia a Georgia ha significado un golpe hasta para la ilusión de una atracción.

En 1969, hubo fuego cruzado entre los ejércitos chino y soviético en el área fronteriza que disputaban. Recientemente, ambos países firmaron un acuerdo que pareció poner fin al largo contencioso, en una especie de consecuencia de la visita a Beijing de Dmitri Medvedev, que fijó a China como destino de uno de sus primeros viajes oficiales tras ser elegido presidente de Rusia.

Durante la presidencia de Vladimir Putin, las tropas chinas y rusas realizaron maniobras militares conjuntas, y ambos países se convirtieron en potencias dominantes de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), que, en opinión de algunos observadores occidentales, parecía un esfuerzo por hacer contrapeso a la OTAN. Hubo también años en que se realizaron intercambios culturales de “Rusia en China” y “China en Rusia”, con la intención de subrayar que los unían no sólo el pragmatismo geopolítico, sino también genuinos lazos culturales e históricos.

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