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La Canciller que jugó con fuego

BERLÍN – La Canciller de Alemania, Angela Merkel, tiene motivos para estar contenta actualmente: los índices de aprobación de su partido no son malos y los suyos son muy buenos. Ya no tiene rivales peligrosos en la Unión Demócrata Cristiana (CDU, por sus siglas en alemán), mientras que la oposición de izquierdas está fragmentada en cuatro partidos. Su reacción ante la crisis europea ha prevalecido… o al menos ésa es la impresión que transmite y que la mayoría de los alemanes cree. Así, pues, todo va a las mil maravillas, ¿verdad?

Más despacio. Dos cuestiones podrían complicar la aspiración de Merkel a la reelección en el otoño de 2013. En el interior, su socio de coalición, el partido liberal de los Demócratas Libres (FDP, por sus siglas en alemán), está desintegrándose. Aun cuando el FDP sobreviva a las próximas elecciones (cosa en modo alguna segura), no es probable que la coalición actual conserve su mayoría parlamentaria, con lo que Merkel quedaría cada vez más dependiente de los socialdemócratas (SPD, por sus siglas alemanas). Si bien no tiene eso por qué preocuparle demasiado, mientras siga siendo Canciller, en Sigmar Gabriel, el dirigente del SPD, afronta –por primera vez– a un oponente al que haría mal en subestimar.

Pero el peligro real para Merkel es exterior: la crisis europea. Si no tiene suerte, la crisis llegará a un punto crítico a comienzos del año electoral alemán y todos los cálculos anteriores podrían quedar en nada, porque, pese a la frustración de los alemanes con Europa, el electorado castigaría severamente a quienes permitieran el fracaso de Europa.

La economía de la Unión Europea está deslizándose hacia una recesión grave y con toda probabilidad larga y en gran medida autoinfligida. Mientras Alemania sigue intentando alejar el espectro de la hiperinflación con medidas estrictas de austeridad en la zona del euro, los países en crisis de la UE afrontan una amenaza real de deflación, con consecuencias potencialmente desastrosas. Es sólo cuestión de tiempo –y ya no mucho– antes de que la desestabilización económica provoque la inestabilidad política.