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La “primavera árabe” y el turno de Europa

NEW HAVEN – Hasta ahora y con pocas excepciones, Occidente ha producido dos comunidades distintas de especialistas en política exterior: la del desarrollo y la democrática. En la mayoría de los casos, han tenido pocos vínculos –o ninguno– entre sí: los especialistas en desarrollo abordaban cómodamente tanto las dictaduras como las democracias, por creer que se puede crear la prosperidad centrándose exclusivamente en las cuestiones y las instituciones económicas.

Las consecuencias de ese planteamiento tienen una resonancia especial en el mundo árabe actual, pero, como han mostrado los recientes debates en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas sobre la “primavera árabe”, no serán los más importantes países en ascenso los que influyan en los acontecimientos de esa región. El Brasil apenas ha pronunciado palabra ante la agitación en esa región, mientras que Rusia y China no aprecian precisamente las sanciones contra Libia a la luz de sus propios gobiernos autocráticos.

Todo ello representa una oportunidad excepcional para que la Unión Europea apoye la transición de sus vecinos desde un levantamiento revolucionario hasta un gobierno democrático. Al mismo tiempo, debemos fomentar los avances de otros regímenes de la región hacia una democracia no excluyente. De hecho, la UE es su socio natural en ese empeño.

Desde el lanzamiento del Proceso de Barcelona en 1995, se ha criticado la política mediterránea de la UE por no haber vinculado la ayuda financiera con la reforma democrática y por conceder prioridad a preocupaciones europeas como la inmigración, la seguridad y la cooperación en materia de lucha contra el terrorismo. Al mismo tiempo, la política de la UE ha desatendido unas prioridades meridionales claras, como la apertura de los mercados agrícola y textil de Europa. A consecuencia de ello, la concepción que inspiraba la Política Euromediterránea (PEM) ha quedado muy rezagada respecto de sus objetivos originales.