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El anarquista y el Presidente

BOGOTÁ – Una de las lecciones claves del caso de Julian Assange es que los Estados no son intranscendentes para el periodismo.

Cuando WikiLeaks apareció en la escena mundial de noticias, fue recibido como un fenómeno original: una forma innovadora de periodismo que contrarrestaba el poder de los Estados al desafiar su capacidad para suprimir las noticias críticas y publicar información sobre temas delicados. WikiLeaks aprovechó las posibilidades de  las tecnologías digitales para burlar la censura oficial y, gracias a información filtrada, difundió información que varios gobiernos deseaban mantener secreta.

Como consecuencia, se consideró a Assange la encarnación de un nuevo tipo de periodista “anarquista,” capaz  de saltar las fronteras estatales y atemorizar a los funcionarios gubernamentales (o al menos volverlos más cautos en sus cables diplomáticos). Los defensores de WikiLeaks se apresuraron a celebrarlo como un ejemplo de periodismo crítico que escapa al control estatal.

Sin embargo, los problemas legales internacionales de Assange muestran no sólo el  persistente poder del Estado sino que aun es fundamental para el periodismo. El Estado no es una reliquia de tiempos pasados, desplazado por mecanismos globales de rendición de cuentas. La mano visible del Estado (en realidad, varios Estados) es omnipresente en este embrollo diplomático.