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La era del juez

Alexander Hamilton, el célebre autor de muchos de los Documentos Federalistas ( Federalist Papers ) donde se expone la lógica para adoptar la constitución de los EU, no tenía dudas en cuanto al peso relativo de los tres poderes del Estado. En el Federalista no. 78, escribió que el ejecutivo controla "el poder de la espada", con lo que se convierte en el instrumento de la violencia legítima. La legislatura controla "el poder del bolsillo", y así da forma a todas la reglas. Pero el judicial "no tiene influencia ni sobre la espada ni sobre el bolsillo", no tiene "ni fuerza ni voluntad, sólo criterio, lo que lo hace "incomparablemente el más débil de los tres departamentos del poder".

Hamilton prosigue dando argumentos en favor de la independencia de los jueces para fortalecer su posición, y esos argumentos siguen siendo inobjetables. Más allá de eso, sin embargo, el observador de la política contemporánea apenas reconocerá el boceto trazado por el gran teórico constitucional de Estados Unidos.

Para el presidente de los EU, el nombramiento de los jueces de la Suprema Corte reviste la mayor importancia, porque la Corte tiene el poder de determinar el curso de los acontecimientos en aspectos importantes, como el tema de la igualdad racial. En Alemania, las minorías derrotadas en el parlamento presentan muchos asuntos políticos controvertidos ante la Corte Constitucional.

En Italia, y también en España, los jueces (en ambos casos, juces investigadores) parecen influir más sobre el debate político que la interacción entre el gobierno y la oposición. Incluso en Gran Bretaña, donde la soberanía del parlamento era sacrosanta hasta hace poco, y la separación de los poderes estaba subdesarrollada, se habrá de crear una Suprema Corte para analizar las decisiones políticas sobre la base de la Convención Europea de Derechos Humanos. ¿Cómo es que actualmente el tercer poder no es, ni mucho menos, el más débil? ¿Está bien eso?