Hijos de los mau mau

WASHINGTON – En enero pasado Kenya parecía estarse hundiendo en la locura. Las escenas salen como de una pesadilla: niños masacrados dentro de iglesias ardientes, muchedumbres armadas con machetes en los barrios bajos de las ciudades, un país al borde del colapso. Para cuando las cosas se calmaron, más de 1,500 personas habían muerto y más de 400,000 habían sido desplazadas, después de una elección que los observadores calificaron de fraudulenta.

Kenya fue rescatada del abismo por un matrimonio forzado entre el presidente de etnia kikuyu, Mwai Kibaki y su contrincante luo, Raila Odinga, a quien se dio el cargo de primera ministra. El gobierno de poder compartido, fomentado por el ex Secretario General de Naciones Unidas, Kofi Annan, y las potencias occidentales, estabilizó el país y dio a los kenianos esperanzas en un año difícil en el que se dispararon los precios de los alimentos y los combustibles y la sequía asoló el norte.

Pero para que el gobierno tenga éxito y pueda evitar más violencia, Kenya debe abordar las raíces de su caos electoral. Estas incluyen la pobreza, el tribalismo y el fracaso del país en cumplir la visión de su primer presidente, Jomo Kenyatta.

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